jueves, 6 de junio de 2019

Un mensaje en el bar


El día 28 de diciembre de 2018 en horas del mediodía me senté a una de las mesas laterales del Bar El Progreso del barrio de Barracas con la simple intención de beber un café. Sobre la mesa encontré un extraño mensaje en papel. Estaba prolijamente acabado y manuscrito, supongo, con una  estilográfica de tinta color azul oscuro. La verdad es que no pude evitar la tentación de leerlo.
Este es el texto:

“Está empezando a atardecer en Buenos Aires y aun no termino de saber bien la razón por la cual me encuentro sentado frente al papel. El tema del paso del tiempo ha comenzado realmente a afectarme. Mi edad ya me faculta para distinguir el deterioro en el rostro de las personas famosas y me invade una cierta incredulidad frente a lo que veo. Recuerdo que Greta Garbo se refugió en su departamento de New York ni bien comenzó a ver deteriorada su belleza y no deseaba ser vista por nadie. Siendo joven no alcancé a comprender del todo aquella  actitud pero hoy me llega al corazón con toda la potencia de una verdad absoluta.
Todos los días, a través de los medios de comunicación se informa de las efemérides de los nacimientos y las muertes de muchas personas.  Es una especie de alud de científicos, políticos, militares y artistas que alguna vez fueron grandes y que por muchos motivos son recordados. Lo que no dicen las efemérides es que esa gente es hoy, en el mejor de los casos, un montón de huesos.
La presencia de la muerte me abruma y es una gran verdad, aunque no le tema. Y no porque sea especialmente valiente sino porque a mí no me afecta.
Percibo que una especie de transitoriedad disimulada se manifiesta por todas partes en el mundo. Obviamente que es mi edad la que me ha llevado a este tipo de consideraciones. Los jóvenes no tienen la menor idea de lo que hablo, pero ya la tendrán a su debido tiempo.
Hoy he pasado por un bar del barrio de Flores donde acostumbraba a beber con los amigos. Realmente fui feliz allí pero sin embargo el bar ya no estaba. La piqueta lo había derrumbado y en apariencia iban a erigir en el lugar una tienda de ropa. A veces comprendo de corazón al tango. Soy un porteño irremediable, no solo porque elegí nacer en un barrio de Buenos Aires sino también porque comparto aquella filosofía que hoy ya no existe. La ciudad ha mutado en una especie de sofisticación negadora y feliz donde el dinero y las apariencias son el bien supremo. Ya casi no hay puestos de flores en los cementerios. Luego de la sensualidad y el último modelo de automóvil y la afectación y la vida digital y el logro individual, la gente suele ser, casi siempre, incinerada.
Nadie lleva flores a las tumbas.
Y el planeta, además, se muere contaminado poco a poco.
Mientras que la vida, la misteriosa vida de la gente en este mundo no es algo que nadie haya elegido de manera especial. Toda la existencia  está marcada por una incertidumbre llamada “destino”  y a veces me duele que  no puedan ni siquiera optar por el modo de morir que hayan elegido.
Algo debo haber hecho mal, estoy seguro.
Acabo de enfermar de cáncer, creo que me quedan unos seis meses aquí  y pienso vivirlos con toda la intensidad con la que lo vive cualquier persona.
No era precisamente ésta la idea que tuve cuando se me ocurrió crear un mundo para los humanos. No debí dejarle tanto margen al azar porque eso hizo que el destino ocupara demasiado espacio en mi proyecto. En fin, que he cometido bastantes errores y no he sido para nada feliz en esta experiencia de vivir de manera propia una vida humana.
De todos modos no acepto que el determinismo me haya vencido.
Seguramente volveré a rehacer todo de una manera diferente.
Le ruego a quien encuentre este escrito que si está de acuerdo doble y conserve el  papel para siempre. De lo contrario, puede romperlo que  no hay ningún problema. En ese caso habré de interpretar que debo dejar todo como está y que no debo modificar nada.
Atentamente. Dios.“
Cuando terminé de leer aquel mensaje redactado con la lapicera azul estilográfica me quedé muy pensativo. Me llamaba la atención, en especial, la caligrafía y la estética del escrito. Entonces le hice señas  al mozo y le pregunté si había notado algo en particular en aquella mesa y me contestó que no. Luego lo volví a leer mientras bebía el café sorbo a sorbo.
Hacía mucho calor en Barracas aquel día.
Doblé el hermoso papel y lo guardé en mi bolsillo. Luego salí a caminar por las calles del barrio sin rumbo fijo y  al pasar junto a un canasto de residuos cambié de idea. Lo saqué sin darle importancia, lo comencé a romper en pequeños pedazos y luego lo arrojé a la basura.


©2019

11 comentarios:

  1. Muy bueno, Nestor. La carta es conmovedora, es muy interesante el tono intimista de las reflexiones y la profundidad de las mismas. ¡Felicitaciones!
    Ariel

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    1. Gracias Ariel. Estoy intentando volver a la prosa. Tu aliento me viene muy bien. otro abrazo.

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  2. Excelente! Esa humanización de Dios a mí, que soy creyente, me ha llegado muy profundo.

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  3. Doloroso y también emocionante. Muy bueno Nes!

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  4. Tiene un intenso dramatismo. Esa introducción al pensamiento de un Dios devenido "humano" realmente me ha llegado al alma. Te felicito, de lo mejor que te he leido.

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    1. Muchas gracias Graciela. Realmente no me esperaba semejante elogio. Eres muy amable.

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  5. me parece muy original, me gustó, es para mí uno de esos relatos que a uno lo dejan pensando. Me resulta bueno que hayas vuelto a publicar prosa, ya que me gusta más que la poesía,

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  6. Que bueno Guille. Gracias por tu visita!

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  7. Por una vez discrepo con Ravazza - a quien he logrado redescubrir en este ignoto sitio - : Yo no hubiera condenado a muerte ese bellìsimo y desgarrador testamento (Porque lo era...) de un agudo y desolado desconocido. Lo hubiera atesorado como un "memento mori", casi mìo, personal, definitivo, ya que casi alcanzo los umbrales de la despedida final. Igualmente, gracias maestro, por esa melancòlica historia...

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