lunes, 22 de mayo de 2017

Carlos



            No sé si alcanza con decir que soy periodista. Escribo en la sección policial del diario Crónica y acabo de presenciar un asesinato.
Fui testigo de un crimen y por eso no sé si alcanza para presentarme de ese modo.
Vivo en el Bajo Flores, no tengo hijos y hace siete años que estoy divorciado. ¿Mi edad? Cumplí los cuarenta y me siento algo viejo. Estoy desubicado respecto de la edad.  Sé que no soy joven y que hace bastante que he perdido las costumbres y los hábitos de la juventud pero sin embargo no me considero un viejo.
A lo largo de mi vida he sido un hombre que ha hecho un culto de la amistad y que se ha entregado a ella por completo. Siempre me fascinó la posibilidad de querer a un hombre, de abrazarlo y de darle afecto.  Me gustaba el rito del vino compartido en el mostrador de un bar.  Me gustaban las polémicas sobre la vida y la muerte y las confidencias acerca del amor y las mujeres. Carlos siempre decía que los homosexuales  en su afán de llevarlo todo al plano sexual terminan desquiciando ese afecto. Carlos tenía razón, casi siempre la tenía.
Nos conocimos un tiempo después de mi separación. Solíamos beber juntos durante la tarde en el bar El Encuentro, de Varela y Avenida del Trabajo. Yo regresaba de la redacción y me quedaba allí varias horas. No tenía ninguna intención de volver al pequeño departamento que entonces alquilaba. No sin antes que el alcohol hiciera su definitivo efecto. Trataba de olvidar la desdichada vida que llevaba y aquellos encuentros me ayudaban a hacerlo. Hablábamos de tango (a Carlos le gustaba mucho) y también algo de política. El tomaba ginebra y yo vino blanco. Varias horas estábamos juntos en el bar pero Carlos se retiraba siempre antes que yo. Tenía una familia y debía respetar ciertos horarios. Él llevaba una doble vida en más de un sentido. Muchas veces se jactaba de sus romances furtivos y de la cantidad de alcohol que bebía. La droga también ocupaba un lugar importante en sus intereses cotidianos.  Cada tanto utilizaba cocaína pero de eso, lógicamente, no hablaba. Siempre creía que se podía hacer de todo y luego regresar a casa a disfrutar del calor del hogar.
–Es una cuestión de coherencia. –decía– Solo se necesita un poco de sentido común, otro poco de tiempo y, por supuesto, bastante dinero; pero se puede, yo te digo que se puede.
Carlos tenía por entonces una gran oficina en un edificio de Rivadavia y Maipú. A veces yo salía de la redacción y pasaba a buscarlo. Regresábamos juntos en el utilitario que usaba para moverse por la ciudad pero aquel automóvil –si bien era nuevo– no se compadecía con sus altos ingresos ya que perfectamente podía comprarse uno mejor.
–Cuando se empieza a ganar dinero –decía– conviene pasar lo mas desapercibido posible.
Carlos estaba en el negocio de la intermediación de seguros y ganaba suculentas comisiones a expensas del estado. Yo había entablado con él una amistad que incluía la confidencia y la actitud solidaria. 
Todo, sin embargo, y en especial acordarme de él, no logra hacerme olvidar que vengo de presenciar un asesinato.
Mi viejo –lo recuerdo bien– decía que cosas como esas no ocurren en el barrio.
–El barrio es el lugar de la vida mansa– susurró una tarde cuando yo era pequeño y eso a mí me quedó grabado para siempre. Pero mi viejo lo dijo hace mucho tiempo y si hoy estuviera vivo tal vez no lo hubiera dicho.
Carlos tenía una respuesta para todo.
Yo envidiaba su capacidad para resolver problemas y su desenvoltura. El decía que admiraba mi desapego para con las cosas. No comprendía que nada me durara mas de un año o de seis meses.  Se solazaba con mis anécdotas, con las radiograbadoras que no funcionaban y yo tiraba a la basura o cosas por el estilo. Estábamos muy bien juntos. Nos sentíamos complementarios el uno del otro.
Con nosotros a veces bebía un hombre que decía llamarse El Rey del Bailongo. Era un tipo viejo, delgado y sumamente atildado.  Su pelo, de tanto teñir las canas, había tomado un color indeterminado.  Una mezcla de marrón, ceniza y dorado que sin embargo no le sentaba mal. Era una especie de dandy de barrio avejentado y capcioso que cada tanto soltaba algunas frases mordaces con respecto a la moda y a la juventud.  Junto a ese hombre Carlos se volcó a uno de los pocos vicios que le faltaban: las carreras de caballos. Los dos iban los viernes al Hipódromo Argentino y algunos días de semana a la agencia hípica del centro de Flores.
–Adrenalina pura. –decía– esa es la sensación, adrenalina pura.
Se refería al placer que experimentaba durante los últimos doscientos metros de cada carrera.
–Lógicamente –insistía– cuánto más dinero se apuesta la emoción es mas grande.
Yo en esta materia no lo acompañaba. En primer lugar porque no me bastaba con el magro salario mensual que ganaba en el diario y además porque una clase de emoción como la que Carlos citaba no era suficiente para mí como para cometer imprudencia alguna.
Un sábado primero de Mayo estuve en el bar a las diez de la mañana. En ese feriado no aparecen los diarios y por lo tanto yo tampoco trabajaba.  Carlos llegó un rato después, estaba excitado y nervioso. Me contó todo su periplo desde la tarde del día anterior. Dijo que salió de la oficina antes de lo habitual y junto con su secretaria fue a pasar un par de horas de intimidad al hotel de Pampa y Figueroa Alcorta. Después la dejó en la casa y de inmediato partió para el hipódromo. Estuvo allí hasta bien entrada la noche y tan solo salió después que terminó la última carrera. Luego fue a una discoteca de Retiro que regenteaba un amigo suyo y se quedó hasta la madrugada. De allí se dirigió a una fiesta en las afueras donde se mezclaba el whisky con la cocaína. Cuando ya no pudo resistir emprendió el regreso pero ese torbellino le había costado diez mil pesos.
–Lo peor –dijo– es que no sé que voy a decir en mi casa.
Carlos era como un chico. Pensaba que podía controlarlo todo y sin embargo, si se lo descubría en una situación comprometida sus fuerzas flaqueaban.
Aquella mañana fui muy solidario con él. Lo vi tan mal que me ofrecí a ir hasta su casa e inventar cualquier historia que considerase necesaria pero Carlos rechazó con amabilidad el ofrecimiento.
–Ya veré lo que hago. –dijo.
Carlos estuvo luego un tiempo largo sin venir al bar. Puedo dar fe cierta de esto porque no falté un solo día de los que él no estuvo, aunque luego, extrañado por lo extenso de su ausencia, cada tanto pasaba por la puerta de su casa para poder verlo. A veces miraba su automóvil estacionado en la puerta de calle y otras veces notaba que su esposa salía de la casa con el hijo en brazos pero a Carlos no pude encontrarlo.
Aquellos días, en general, eran de mucha agitación para el grupo de fieles parroquianos del bar. El Rey del Bailongo, por ejemplo, llegó una tarde con el dedo pulgar vendado con cinta aisladora. El pobre se había seccionado una parte usando una cuchilla en la carnicería del hermano.
– ¿Se lo injertaron? –pregunté con ingenuidad.
–No. –dijo–  me lo injerté yo solo.
– ¿Pero no se le va a infectar?
–No creo, le estoy echando limón a la herida y creo que se va a curar.
Gente como esa proliferaba en las reuniones del bar El Encuentro y una de las razones por la que yo nunca faltaba era para poder conocerlos a todos.
Carlos apareció el 25 de Mayo, es decir el feriado siguiente. Yo ese día trabajaba pero igual estuve en El Encuentro.  No parecía encontrarse mal, al contrario, se lo veía alegre y jovial aunque de inmediato comprendí que no tenía demasiadas ganas de hablar de su ausencia. La concurrencia, en general,  también le ahorró las explicaciones del caso y el pareció feliz de volver a la rutina de la charla y las copas.
Semanas después llegó al boliche y tuvo un comportamiento extraño. Noté que al tratar de hablar tenía dificultades con la dicción de las palabras. El rey del bailongo se lo llevó aparte y estuvo tratando de hablarle pero Carlos le contestaba en todo momento con incoherencias. Un rato después se acercó a mi lado y dijo por lo bajo.
–Me estafaron hermano. Perdí todo lo que tengo.
Yo no creí demasiado en la veracidad de sus palabras y en cambio preferí ocuparme del estado lamentable en que se encontraba.
– ¿Qué te pasó? –le dije.
–Perdí todo –contestó
–No me refiero a eso, hablo de tu estado.
–Tomé un antidepresivo –dijo– debe ser por eso que se me traba la lengua. Lo mezclé con alcohol.
Carlos tenía un socio en el que delegaba el manejo financiero de la agencia de seguros mientras él se ocupaba de lo comercial y de las entrevistas con funcionarios del área. Al parecer, el socio había estado enviando pequeñas remesas a cuentas numeradas de la Isla Caimán sin que Carlos lo notara. Al cabo de dos meses los envíos alcanzaron los quinientos mil dólares, entonces el socio desapareció y Carlos se quedó sin nada.
–Lo peor es que tengo la casa hipotecada. No me importa empezar de nuevo desde cero pero perder la casa va a ser demasiado.
Lamenté en ese momento no haber creído en sus palabras y hasta me asaltó la desesperación por lo que le estaba pasando, aunque en realidad, el desastre que cada uno de nosotros hiciera con su vida personal no resultaba incumbencia de nadie. Esto es un código, una ley no escrita de quienes se reúnen a beber en los bares. Yo la quebranté, sin embargo, porque el afecto que sentía por Carlos superaba cualquier prejuicio.
Una semana entera estuvo luego sin venir.
Abrigué en ese lapso la insensata esperanza de ver sus problemas superados pero cuando volvió estaba peor que antes. Insistía en combinar el alcohol con los estimulantes. Y ni siquiera reparaba en el daño que le infligía a un organismo debilitado como el suyo. Conversamos poco porque Carlos apenas podía hilvanar palabras. Me mostró el interior del maletín donde llevaba dos armas y un pasaje a las Islas Caimán.
–Voy a matarlo. –dijo– Dalo por seguro.
No quise contrariarlo porque me pareció que Carlos no estaba en condiciones de ser contrariado por nadie. Estaba decidido a todo, aunque su decisión, naturalmente, era tan solo la decisión de un hombre extraviado.
Al día siguiente salí de la redacción y no pude resistir el deseo de pasar por su oficina a buscarlo. Cuando llegué, Carlos ya no estaba y hasta me pareció que no quedaban empleados. Solo se hallaba su secretaria, con los ojos irritados por el llanto. Regresé después al Bajo Flores, pasé por El Encuentro y Carlos tampoco estaba. Entonces decidí ir hasta su casa y llamar a la puerta con cualquier excusa. Llegué, toqué el timbre y abrió la puerta un hombre anciano. Tenía inocultables arrugas y el pelo entrecano.
               – ¿Está Carlos? –pregunté.
                El hombre me miró con una cierta indiferencia pero tuve la impresión que se alegró por mi visita.
                –Sí. –contestó– Pase.
                Entré y tomé asiento en un amplio sillón de la sala de estar.
                Luego de un rato Carlos bajó. Sus pasos eran vacilantes y estuvo a punto de caer por la escalera. Me atendió con mucha solicitud. Estaba algo mareado y en apariencia controlaba la situación.  Enseguida sirvió café e intercambiamos frases de circunstancias.
                Yo fui directo al grano.
–Carlos. – dije– Quiero ayudarte.
El se levantó, caminó hasta un hogar simulado que daba calefacción a la vivienda y apoyado allí contestó:
–Nadie puede ayudarme. Todo es un desastre. Ayer mi mujer me abandonó y se llevó a los chicos.
– ¿Y el asunto de las Islas Caimán? –dije.
–Ya no me interesa. –contestó– Cancelé el pasaje.
–Alguna solución tiene que haber –insistí- Todo se soluciona.
Carlos sonrió con tristeza, me miró y dijo:
–Te agradezco mucho. No te hagas problemas.
Entonces el hombre viejo que había atendido mi llamado apareció de una manera sorpresiva detrás de la sala. Estaba armado con una escopeta. Los ojos se le habían vuelto pequeños y además le brillaban.
–Hay una solución. –dijo- Que muera esta inmundicia.
Fue tanta la zozobra que me tocó vivir que en un primer momento no tuve respuestas.
Carlos, sin embargo, reaccionó:
– ¡Cállese la boca viejo idiota!
– ¿Pero, qué está pasando? –dije yo.
–El infeliz de mi suegro. Un idiota al que mantuve siempre. Un viejo inútil, un don nadie.
–Por favor, tranquilícense los dos. –dije.
-Es una suerte que haya venido señor–dijo el suegro dirigiéndose a mí.– es una suerte poder contarle a alguien las cosas que ha hecho este canalla.
– ¡Cállese la boca! –insistió Carlos– ¡Baje el arma!
–Y ahora –dijo– ni siquiera tiene plata.
–Por favor…–dije yo.
Pero en ese momento el hombre disparó.
El primer tiro pegó en el pecho de Carlos y el impacto lo arrojó por el aire. Decenas de perdigones le destrozaron el corazón y murió de forma instantánea.  El segundo, que ya no era necesario, pegó en la pared.
La angustia y el estupor me invadieron por completo. Fui rápidamente donde Carlos estaba y lo tomé en mis brazos. Su sangre manchó mi camisa blanca.
– ¡Qué hizo inconsciente! – Le grité al suegro con todas mis fuerzas.
El hombre apoyó la escopeta en la mesa y luego se sentó en el mismo sillón donde yo me había sentado. Tenía una mirada extraña y parecía estar aliviado.
– ¿Se da cuenta de lo que hizo? –volví a gritar.
–Sí, me doy cuenta. –dijo– ¿Y quiere que le diga una cosa? Aún cuando no estuviera la casa de mi hija hipotecada y aún cuando este infame no estuviera quebrado, yo igual lo hubiera matado.
No supe qué contestar. Me levanté como pude y apoyé suavemente la cabeza de Carlos en la alfombra. Después llamé por teléfono al 101 y esperé junto al viejo que la policía llegara.
Veinticuatro horas estuve detenido.
Declaré ante el juez la mañana siguiente y luego me soltaron. Enseguida fui a la redacción a escribir una nota sobre lo que había pasado. Al jefe le gustó y entonces, como me vio cansado, me dio permiso para retirarme.
Volví al bar El Encuentro como siempre, como todas las tardes. Allí la gente hablaba de lo que había pasado. Algunos se mostraban indiscretos y otros más cautos. Yo bebí algunas copas en silencio y después conversé con El Rey del Bailongo durante un largo rato. Más tarde, cuando se hizo la noche, nos juntamos entre todos y después brindamos por la memoria de Carlos.



©1996

martes, 16 de mayo de 2017

Wilberto


Wilberto Pérez nació en la soleada tarde del 17 de Octubre del año 45. Su padre estuvo ese día participando de las manifestaciones que pedían la libertad del coronel Perón. Si Wilberto hubiera nacido algún tiempo mas tarde, en lugar de Wilberto se hubiera llamado Juan Domingo. Tal era la admiración que el líder justicialista despertaba en el alma de su progenitor.

            Wilberto nació en el dormitorio de su propia casa y su madre fue atendida por una partera como se estilaba entonces. Su temprana niñez se desarrolló en aquella segunda mitad de la década del 40 y tuvo como marco de referencia tanto la agitación política como el progreso económico.

            Por razones ajenas a la voluntad de sus padres Wilberto fue hijo único.

            Esta situación, que suele provocar en algunas personas diversos problemas de tipo psicológico, resultó, sin embargo una bendición para el niño. A Wilberto le gustaba mucho ser el centro y la atención de todos.

            Sus padres lo anotaron desde muy pequeño en las divisiones inferiores del club de fútbol San Lorenzo de Almagro y Wilberto entonces demostró que estaba bien dotado para ese deporte. Era un niño hermoso, de pelo rubio y ojos marrones que hacía las delicias de sus mayores tocando la guitarra en las reuniones familiares o recitando versos en las fiestas escolares.

            Wilberto siempre fue atendido con suma diligencia en cuestiones de salud y también tuvo la suerte de recibir muy a menudo juguetes y regalos. Sin embargo pasó toda la niñez solo y sin un amigo que lo acompañara.

            Cuando Wilberto llegó a la pubertad estaba de moda el rock. Los padres lo inscribieron en una academia y el jovencito demostró rápidamente su aptitud para el baile.

            En la primavera del 58 fue anotado en un concurso organizado por el club Crisol del Parque Chacabuco. Llevaba como pareja a su prima Melina y tenía un loco deseo de ganarlo.  Los jóvenes compitieron durante tres jornadas contra unas doscientas parejas de toda la capital y el domingo a la noche se consagraron campeones del torneo. En ese entonces existían numerosos clubes deportivos y sociales que reunían a los porteños en actividades deportivas y sencillas.

            Wilberto y Melina fueron invitados a dar exhibiciones en muchos de ellos porque bailaban realmente bien y además mantenían el ritmo infernal de las melodías sin dejar de hacer figuras acrobáticas y piruetas imprevistas que deleitaban mucho a los espectadores. Fue tal el suceso que obtuvieron en la Capital Federal que pronto los llamaron para actuar en algunas ciudades del interior del país. Los llamaban Los Genios del Rock and Roll y a Melina le decían La Reina del Rock. Todo el verano del 59 se lo pasaron de gira por las provincias. Ganaron bastante dinero y se divirtieron mucho.

Los acompañaba siempre la tía de Wilberto (y a la vez mamá de Melina), una mujer obesa y algo tonta que tenía por misión cuidar a los menores.

            Antes de la llegada del otoño y mientras daban una exhibición en la localidad de Río Tercero Wilberto comenzó a  sentirse algo extraño. Notaba que se perturbaba mientras bailaba debido a la forma agitada de respirar de Melina. Tampoco podía apartar la vista de las turgencias del pecho y del contorno de los muslos de su prima.  Esa misma noche la chica lo incitó a besarla y Wilberto así lo hizo. Pasaron largos minutos besándose en la terraza del hotel, detrás de una columna y al amparo de miradas extrañas.

            De regreso a Buenos Aires Wilberto habló con el padre y le dijo que quería que Melina fuera su novia.

            El hombre se enojó mucho y le aplicó un golpe en la cara.

            – ¡Melina es tu prima hermana, idiota! – gritó después de una manera lapidaria.

            A partir de aquel día se terminaron los bailes y las giras por el interior.

            El comienzo del año lectivo ayudó a que los jóvenes permanecieran ocupados en el estudio y separados largo tiempo el uno del otro.

            El furor por el rock, además, declinaba.

            El baile fue reemplazado enseguida por otro ritmo llamado twist, circunstancia aprovechada por los padres para separar todavía más a los jóvenes primos.

            Wilberto cumplió los dieciocho el  63. En aquel tiempo se consideraba a ésa edad como el equivalente en el hombre de los 15 años de las mujeres. No se hacían, de todos modos, ese tipo de fiestas principescas reservadas a las damas. Al varón se le festejaba, en cambio, con alguna reunión sencilla donde se solía hacer alarde de la libreta de enrolamiento. Wilberto tuvo a suya aquel año. Sus padres le organizaron una reunión con mucho cariño y hasta compraron una torta decorada con la famosa libreta. Concurrieron algunos familiares y la totalidad de los amigos del muchacho (que en realidad no eran muchos)

            A la madrugada llegó Melina.

            Venía de un baile en el Centro y traía de regalo un disco de Los Beatles. Wilberto la miró y sintió que todo se oscurecía en derredor suyo. Tuvieron que pasar mas de tres años desde aquel triste día en que su padre le pegara el cachetazo para que el muchacho pudiera volver a ver a su prima otra vez. La familia confiaba que aquella separación sería suficiente para mantener a los primos a distancia pero Wilberto, sin embargo, apenas la vio la sacó a bailar y durante los temas lentos hasta se animó a susurrar algunas palabras en su oído. Un rato después los padres de Wilberto dieron por terminada la reunión.

            Aquella primavera Wilberto conoció a una chica rubia y menuda llamada Susana y enseguida se puso de novio con ella. El padre de la chica era obrero y peronista, razón por la cual el papá de Wilberto aprobó de inmediato la relación. Susana era la antítesis de la hermosa y exuberante Melina y además se mostraba dulce y educada con toda la familia.  Melina por su parte se mudó a una pensión de estudiantes de la Ciudad de la Plata y comenzó a estudiar medicina en la universidad.

            El noviazgo de Wilberto y Susana se fue desarrollando con normalidad a lo largo del año siguiente. El muchacho le daba a su novia un trato afectuoso y a veces se besaban o caminaban tomados de la mano. No tenían, sin embargo, relaciones sexuales y Wilberto se cuidaba mucho de propasarse con ella cuando a veces se quedaban solos en la oscuridad del zaguán de su casa.

            Una tarde de verano, mientras esperaba para ingresar al estadio del club Estudiantes de La Plata Wilberto vio pasar a Melina manejando un automóvil. Desesperado, se apartó de la fila y corrió hacia el auto pero ella no se dio cuenta de la presencia de su primo y se alejó con rapidez en dirección al sur.

Para seguirla, Wilberto tomó un taxi en la esquina de la Calle 2 y recién la alcanzó al llegar al centro comercial de la ciudad. Melina lo abrazó y lo besó y después lo invitó a la pensión de estudiantes donde ella residía. Wilberto dejó entonces de lado el partido de fútbol y pasó toda la tarde con su prima tomando mate y comiendo masas finas.  Casi de noche, Melina lo llevó en su pequeño automóvil hasta la Terminal de Ómnibus para que regresara a su casa.  En el trayecto, sin embargo, estacionaron el auto en una zona oscura del llamado “Bosque” de La Plata y comenzaron a besarse apasionadamente.

A partir de ese instante Wilberto perdió toda noción del paso del tiempo.

Sentados en el asiento de atrás del automóvil los primos terminaron haciendo el amor dos veces seguidas. Wilberto sentía que una fuerza poderosa lo empujaba a permanecer en el interior de Melina y a no dejar de penetrarla pasara lo que pasara.  Escuchaba también una voz muy fuerte que le decía que la siguiera amando hasta que sus fuerzas se lo permitieran y Wilberto tampoco parecía dispuesto a resistir ese llamado. Y así estuvieron durante casi dos horas hasta que al final cayeron exhaustos y abrazados.

El muchacho regresó a Buenos Aires con una enorme confusión en la cabeza. Sentía por Melina una mezcla de amor y de pasión desesperada que no lo dejaba pensar con claridad.

Estaba abrumado por lo que le pasaba.

Además, la relación sexual con su prima era la primera que mantenía con una mujer que no fuera prostituta.

Todo resultaba nuevo para él.

La pasión, una pasión tan fuerte que lograba hacer latir su corazón si fuera el de un potro desbocado. Y también la transgresión. Esa seductora posibilidad de mandar a la gente al diablo y decirle que no a todo el mundo al mismo tiempo.

Wilberto, sin embargo, eligió la moderación.

Comenzó a visitar a Melina todos los domingos a La Plata y a mantener con ella apasionados encuentros amorosos en la pensión donde se alojaba. Como el conserje de aquel lugar era un hombre muy estricto Wilberto tenía que entrar siempre de  una forma furtiva. A veces necesitaba esconderse largo tiempo en los pasillos del edificio y en otras debía aguardar en la vereda, tapado por un árbol, esperando el momento oportuno para ingresar al cuarto de su prima sin que nadie lo viera.

Un año estuvo Wilberto procediendo de esa manera.

Mantuvo durante ese lapso su noviazgo con Susana (aunque ella se quejaba de encontrarlo desganado) Así Wilberto comprendió enseguida que con alguna que otra excusa razonable podía conformar a su novia formal y luego pasar esos domingos locos junto a Melina.

En Octubre del 65 Wilberto cumplió 20 años y Melina tuvo con él una larga charla. La chica era consciente de la imposibilidad de hacer oficial la relación con su primo.

–Sería una locura. –le dijo– y vos lo sabés bien.

Wilberto escuchó sus palabras con una mezcla de comprensión y de furia. Entendía las razones de Melina pero sentía un profundo odio contra la sociedad y contra sus padres y los padres de Melina en particular.

– ¿Y qué vamos a hacer? –dijo Wilberto.

–No sé. –contestó Melina–. Vivamos el presente y el día que lo nuestro se termine nos despedimos y listo.

Wilberto sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y Melina, al verlo así, se apresuró a consolarlo.

–Vamos. –dijo– No seas tonto. Todavía tenemos tiempo.

Hicieron el amor toda la tarde en la camilla de una sala apartada del hospital al que Melina concurría como practicante. Wilberto regresó luego a Buenos Aires con un sabor agridulce en la boca y se fue a dormir sin hablar con nadie.

A instancias de su padre Wilberto aceleró sus estudios comerciales en una Academia privada. Ingresó luego a la administración de la empresa metalúrgica más importante del barrio y comenzó a ganar un sueldo razonable.

Meses después en la familia le dijeron que ya era tiempo de hacer planes para casarse y Wilberto no se opuso. En el término de unas pocas semanas los cuatro futuros consuegros aceleraron los planes y aportaron dinero de sus ahorros para comprarles un pequeño departamento en la zona de Flores. El saldo estaba a cargo de los novios y debían cancelarlo en 10 años.

Pocos días antes de casarse Wilberto visitó a Melina por última vez.

El joven sabía que su casamiento era la última e infranqueable valla de la separación. Melina había sido muy clara al respecto.  Ella había dicho “Cuando te cases se termina todo” y eso a Wilberto le parecía dolorosamente lógico.

La encontró a la salida del  hospital donde Melina practicaba y estuvieron todo el domingo juntos. Hicieron el amor con la misma desesperación de siempre pero los dos estaban tristes y melancólicos. Al atardecer, cuando se dieron cuenta que todo terminaba, regresaron al hospital y empezaron a quedarse sin palabras.

–Es mejor que te vayas solo. –dijo Melina– Esta vez prefiero no acompañarte.

Entonces Wilberto se levantó de la silla, casi temblando y se acercó para despedirse de ella. Melina permaneció en silencio durante un largo rato pero luego tomó un bisturí y con una presión suave y uniforme se cortó la palma de la mano izquierda ante la mirada azorada de Wilberto. La sangre comenzó enseguida a brotar y Melina extendió la mano hacia su primo. Wilberto pasó entonces sus labios por la herida y la beso con pasión durante un largo rato.

–Bebiste de mi sangre–dijo Melina–. No importa lo que pase. Serás mío para siempre.

Después Wilberto regresó a Buenos Aires y a la semana siguiente se casó con Susana.

A partir de ese día la vida de los primos tomó por caminos diferentes. Wilberto llevó por muchos años una existencia ordenada y rutinaria. También fue progresando en la empresa metalúrgica hasta llegar al puesto de gerente. Tenía 30 años cuando le dieron el cargo y supo hacer frente con eficacia a los problemas económicos del país. Susana le dio hijos mellizos al año y medio de casados pero luego no pudo volver a procrear debido a las complicaciones que tuvo el parto. Para ese entonces Wilberto vendió el departamento que sus padres le habían ayudado a comprar y se mudó con su familia a un chalet del Bajo Flores. Era una hermosa vivienda de dos plantas con fondo arbolado y una pequeña pileta de natación. Tenía un  quincho con techo de pajas y una de esas enormes parrillas que tanto le gustan a los argentinos.

Melina por su parte, se recibió de médica y se casó con un compañero de facultad. Constituyó su hogar allá en La Plata pero terminó divorciada al poco tiempo y sin haber llegado a tener hijos.

En todo ese tiempo llegaron a verse tres o cuatro veces. Lo hicieron obligados por compromisos familiares porque ninguno deseaba ver al otro pero cuando eso pasó la sensación interior que experimentaron fue muy fuerte.

Al llegar el golpe del 76 los asesinos de la represión mataron en La Plata a varios de los amigos de Melina. Llegaban con toda ferocidad, tiraban las puertas abajo y secuestraban y mataban gente indefensa que dormía plácidamente en la cama. Melina sintió que el aire se le estaba haciendo irrespirable y entonces decidió aceptar un trabajo humanitario en el África.

Wilberto por su parte fue progresando cada día más. Se adaptó con perfección a las nuevas políticas económicas del país y terminó por convertirse en un hombre de bastante fortuna pero por alguna razón que sólo tiene explicaciones en el alma continuó viviendo siempre en el chalet del Bajo Flores. Allí devino en un vecino influyente y notorio. Llevaba por entonces una moderada vida sexual junto a su esposa y los mellizos crecían sanos y hermosos.

Una noche, al volver del trabajo, Susana le dijo:

–Hoy llegó un telegrama de Burundi, parece que tu prima está enferma.

Wilberto se sobresaltó de tal manera que ni siquiera se preocupó por ocultarlo.

–Pero... ¿Cómo puede ser?–preguntó– ¿Qué tiene?

–No sé–contestó Susana – el telegrama no lo dice.

Wilberto pronunció en ese momento algunas frases de compromiso frente a su esposa pero su mente comenzó a trabajar de manera febril.

Muchos años habían pasado desde aquella tarde en que se despidió de Melina para siempre. Muchos años transcurridos en una asumida “normalidad” y apartado de lo que era su sentimiento verdadero y ahora, en un instante, y al recibir la información de que Melina estaba enferma en África sentía que todo ese esfuerzo por complacer a los demás se derribaba igual que un castillo de naipes.

La sola imagen de Melina enferma y abandonada a su suerte en el continente africano le resultaba particularmente intolerable.  Alguna decisión debía tomar y Wilberto lo hizo.

Al día siguiente le comunicó a su esposa que había decidido viajar de inmediato a Burundi.

Melina no tenía familiares directos, estaba divorciada, sus padres habían muerto y tampoco tenía hijos. Todos esos argumentos eran suficientes para explicarle a su esposa de la necesidad del viaje pero de todos modos Wilberto estaba convencido que, bajo cualquier circunstancia que fuera,  igual habría viajado.

En el curso de unos pocos días tramitó una visa especial para Zaire porque Burundi no tenía consulado en Buenos Aires. Después se aplicó ocho vacunas y por último viajó vía Marruecos en un complicado itinerario que le demandó 22 horas de vuelo. Cuando llegó a Burundi encontró a Melina internada en el mismo Hospital de campaña donde trabajaba. Estaba pálida y delgada y conectada a un frasco de suero. Cuando ella lo miró sus ojos adquirieron un brillo extraño y denotaron la sorpresa de volver a verlo después de tanto tiempo. Wilberto tomó un banquillo de lona y casi con timidez se sentó a su lado.

– ¿Cómo estás? –dijo.

–Mas o menos– contestó Melina – Tengo un virus que no se conoce y estoy con anemia.

–Yo vine a vigilarte para que te cures pronto –dijo Wilberto– Después te llevo a Buenos Aires.

Melina sonrió y cerró los ojos pero Wilberto la notó muy desmejorada. Un rato después habló con los médicos y le confirmaron el diagnóstico. Entonces pidió permiso para pernoctar allí porque deseaba permanecer cerca de su prima y porque además el hotel se encontraba en la capital, Kitega, a más de cien kilómetros de distancia.

A la mañana siguiente, antes de desayunar, Wilberto donó sangre para Melina y luego concurrió a ver a su prima.

Juntos conversaron durante un largo rato.

– ¿Te acordás cuando ganamos el concurso? – dijo ella.

– ¡Cómo voy a olvidarlo! –contestó Wilberto- Me parece mentira pero pronto se cumplirán 20 años de ese tiempo fabuloso.

–Yo era la Reina del Rock. –dijo Melina.

–Cuando estemos de vuelta en Buenos Aires vamos a bailar de nuevo. Te lo juro.

Melina sonrió y tomó las manos de Wilberto. Le gustó ese calor, un calor conocido y familiar que la llevaba a recordar las compartidas horas de pasión de aquellos años. Un calor que necesitaba mucho, en especial en ese momento en que sentía que sus fuerzas la abandonaban cada vez más.

–Tengo miedo de morirme, Willy. –dijo Melina.

– ¡Cómo se te ocurre! –contestó Wilberto– Hay que tener paciencia y dejar que tu enfermedad evolucione sin complicaciones para tu salud.

– ¿Seguro? –preguntó Melina.

– ¡Pero por supuesto! Dijo Wilberto y la besó en la frente.

Al mediodía Melina entró en coma y a la noche murió.

Wilberto la acompañó en todo momento y asistió de lejos a los últimos intentos de los médicos por salvarla. Después salió a la intemperie y lloró, apoyado en un árbol, hasta quedarse sin lágrimas.

Melina fue enterrada en un pequeño cementerio de la selva de ese continente que recién estaba aprendiendo a amar. Wilberto no consideró ni prudente ni necesario traer su cuerpo de vuelta al país. Hacerlo hubiera supuesto una multitud de trámites administrativos y sanitarios y  el trasbordo del ataúd a tres aviones durante el transcurso del viaje.

Ya de regreso a Buenos Aires Wilberto continuó llevando una existencia próspera durante mucho tiempo, pero un buen día, en la primavera del 96, la metalúrgica a la que había dedicado toda su vida quebró definitivamente.

Aquella circunstancia, un tanto azarosa, no afectó en modo alguno su estado de ánimo ya que Wilberto se encontraba para ese entonces en una sólida posición económica. Era propietario de varios inmuebles en la capital y disponía de una cuenta bancaria en el extranjero. Los mellizos, además, se habían convertido en profesionales jóvenes y promisorios y su esposa daba siempre la impresión de estar tranquila y feliz.

Por esas y otras razones Wilberto tomó la situación con filosofía.

Paseaba su perro por las mañanas y daba largas caminatas por el Bajo Flores tratando de elaborar para su vida madura algún proyecto.

Mientras tanto los vecinos lo miraban y saludaban con respeto y le decían: “Don Wilberto”, aunque el no hacía demasiado caso a las formalidades y prefería verse siempre a sí mismo como aquel inquieto muchacho que ganó el festival de rock bailando junto a Melina.



©1997