sábado, 22 de septiembre de 2018

El Sueño Eterno


Mi nombre es Alfredo Molinero, nací en la ciudad de México, en San Miguel Topilejo, allá por la salida hacia Cuernavaca. Tengo 35 años y hace diez que estoy en el corredor de la muerte. Me apresaron una noche por asesinato y desde ese día no he vuelto a salir del presidio. Estoy en una cárcel de máxima seguridad, la llamada Unidad Polunsky, en el pequeño pueblo de West Livingston, Texas.
Me condenaron luego de seis meses de haber cometido el delito en una especie de juicio sumario y entonces los años fueron pasando entre apelaciones y apelaciones.
Yo he cometido un acto cruel, no tengo dudas. Le quité la vida a un hombre, un hecho grave, por cierto. Pero ellos me tienen aquí encerrado, esperando la muerte en cualquier momento y solo salgo al exterior una hora por día. Permanezco en una celda de pocos metros cuadrados. He sido cruel pero ellos también son crueles.  Acaso más crueles que yo.
Pero hay algo que no conocen: todas las noches converso con un ángel de Dios.
Me viene a visitar desde hace tres meses a la celda.
Al principio pensé que era una especie de alucinación de mi parte. Lo miré y parecía un tanto abatido. Tenía los ojos cansados pero también un toque de orgullo en la mirada.
-Soy Lucifer –me dijo– un ángel de Dios y he venido a charlar contigo.
Y al principio me habló y me contó la historia de su caída. Al parecer había hecho algo que a Dios no le gustó y entonces fue castigado. Pero también hablamos de otras cosas. Yo le conté la historia de mi pobreza y el me habló del tema de la angustia.  Me comentó que era un ser espiritual y que no podía morir pero que también dudaba de eso.
–No sé hasta donde alcanza el poder de Dios –dijo– Puede ser que finalmente me mate.
Y yo le contesté que no se hiciera problemas, la muerte seguramente es dulce cuando uno ha sido cruel en la vida, pero creo que no lo convencí del todo.
Y así estuvo durante mucho tiempo viniendo a mi celda.
Hablábamos casi siempre de cosas importantes y yo sentí, por un momento, que sin su presencia cotidiana durante la noche no hubiera podido seguir viviendo en esa cárcel. Y en especial cierta vez, cuando fue tan enorme su consuelo a mi calvario que me postré a sus pies en señal de alabanza.
“¡No lo hagas!” –me dijo de una manera brusca– “Dios tan sólo quiere que se lo alabe a él ”. Y luego desapareció,  tal como acostumbraba a hacerlo las veces en que estaba a punto de dormirme.
Hoy mi día ha llegado.
Mañana temprano seré ejecutado con una inyección. Dicen que no tendré dolores y que me iré durmiendo poco a poco.
Al atardecer Lucifer llegó para hacerme compañía y dijo por lo bajo:
– ¿Qué pedirás para la última cena?
–Un kilo de helado de menta con chips de chocolate –contesté.
–Espero que sea de tu placer –comentó–  Y luego desapareció de la celda.
Y bien, esta ha sido mi historia.
No sé cuánto durará la larga noche previa a ser ejecutado. A veces un minuto no dura un minuto, a veces un minuto es largo. Pero lo cierto es que  a mí me toca partir. Daré fin a todo este relato en el mismo momento en que la jeringa penetre en mi piel.  Hace bastante frío ahora y aunque estoy encerrado, sé perfectamente que afuera es invierno.
Hace un rato me han traído el kilo de helado de menta y no dejo de terminar de preguntarme en qué terminara este corto viaje que ahora emprendo:
El misterio de la vida y de la muerte se despliega ante mis ojos. 
Tal vez me toque, simplemente, dormir el sueño eterno. 


©2018

jueves, 13 de septiembre de 2018

La Gran Radiación



Este cuento ganó en el año 2013 el concurso que organiza la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires. Y hoy ha sido preseleccionado para la Antología de Oro del certamen. Aprovecho la oportunidad para publicarlo en el blog.


LA GRAN RADIACIÓN


Hoy es dieciocho de Junio de 2051 en la ciudad de Buenos Aires.
               Tan sólo quedamos vivos siete personas.
El resto ha ido abandonando la ciudad durante la última década. Eran  algunos cientos de miles de habitantes que sobrevivieron a la Gran Radiación del año 2024 y que al final se fueron a vivir a ciertas zonas rurales de la provincia donde se supone que están a salvo viviendo bajo pantallas de argón sólido y policarbonato. Digo se supone aunque en realidad no lo sé. La Gran Radiación no sólo acabó con mucha de las formas de energía en el planeta sino que también impidió para siempre la emisión de toda onda electromagnética.
Eso supuso el fin de la comunicación entre la gente. O por lo menos de la comunicación tal como la concebíamos en el momento del desastre. Creo que hay gente en la provincia intentando utilizar algún tipo de paloma mensajera que aún no haya mutado en reptil pero no estoy seguro. Lo escuché una tarde en una de mis caminatas hasta el Puente Alsina. Un hombre me gritaba eso y alguna otra incoherencia desde el otro lado del Riachuelo.
Es extraño.
Tengo casi toda la ciudad a mi disposición y últimamente lo único que hago es peregrinar hasta la zona sur para tratar de ver y de atisbar Valentín Alsina, el barrio de mi niñez. Me siento en las barandas metálicas del puente y desde allí arriba contemplo durante largas horas el paisaje, rodeado de un silencio que ya ha dejado de causarme impresión hace bastante tiempo.
La Gran Radiación mató de manera instantánea a todos quienes se encontraban al aire libre. Algunos de los que estaban bajo techo, en cambio, sobrevivieron algunas semanas antes de morir. Y una cierta cantidad de gente no precisada (algunos hablaban de mas de cien mil personas) escapó hacia las zonas rurales luego de descubrir que estaba a salvo debajo del argón y del policarbonato.
Tan sólo diez personas permanecimos normales. Y esto de “normales” no deja de ser un eufemismo. Los diez nos encontrábamos (por diversos motivos)  debajo de la bóveda de acero de la Casa Central del Banco Nación.  Siete hombres y tres mujeres, todos de bastante edad. En especial las mujeres, que eran todas ancianas y que estaban controlando sus valores y joyas atesoradas en cajas de seguridad individuales.
En aquellos días de caos, de desorganización, de violencia y de saqueos que sucedieron en los primeros tiempos yo me refugié en mi casa y creo que eso me salvó de la muerte. Por increíble que parezca, los miles de sobrevivientes se enfrentaban entre ellos con violencia, intentando apoderarse de la mayor cantidad de bienes (que por otra parte estaban a mano de cualquiera) o tratando de imponer su poder y sus ideas sobre el resto.
             Unos llamados Comandos Argentinos terminaron por imponerse y trataron de instrumentar el orden y la seguridad en la ciudad. Y entre las prioridades sociales fijaron la consigna de enterrar a todos los cadáveres usando palas excavadoras y fosas comunes mientras todavía se dispusiera de energía. Aunque también yo he visto a los muertos flotando sobre el Río de la Plata, como si fuera  el Ganges.
Luego todos se fueron al campo.
Los diez que estábamos debajo del acero blindado del Banco Nación permanecimos en la ciudad.
Un último comité de científicos nos estudió varias semanas y al final dictaminó que no podíamos, ni debíamos traspasar los límites de la ciudad porque sino moriríamos de inmediato.
La Gran Radiación (entre otras cosas) trajo inauditos cambios en las leyes físicas y hasta las relacionó con los límites políticos de la geografía. También puso el ADN y los genes de las personas en función del tiempo solar.
“Si se quedan dentro del perímetro de la ciudad vivirán exactamente 100 años”. –dictaminó el comité. “Y si lo traspasan morirán de inmediato”.
Y lo extraño es que nunca pensé en suicidarme.
Me quedé simplemente en la ciudad, aprovechando todo aquello que se encontraba a mi disposición, escribiendo un diario y comiendo las frutas y verduras de las huertas urbanas. Con el grupo de los diez del Banco Nación nos encontrábamos una vez por mes en el Café Tortoni. Al principio nos resultaba extraño ver desierto al Café Tortoni pero después nos fuimos acostumbrando.
Las ancianas, como era de esperar, se fueron muriendo justamente el día de cumplir cien años.
Los que sobrevivíamos las llevábamos en carro y la enterrábamos en la Chacarita.
                Y así ha ido pasando el tiempo.
                Siete hombres solos y bastante mayores custodiando el espíritu de la Ciudad de Buenos Aires.
Y entonces todos nos dedicamos a cantarle. A escribir narraciones y relatos. Tangos y temas musicales. Poemas, novelas e historias triviales que pudieran perpetuarla en el tiempo y en los años.
En mi caso particular, sin embargo, he dejado esta mañana de escribir mi diario.
He venido a sentarme en la baranda del Puente Alsina con la esperanza de recordar de alguna manera a mi infancia y a mis padres. Y a mirar al Riachuelo que oscila en dirección del río como una tortuosa senda.
Hoy cumplo cien años.
Y uno de los dos, la ciudad o yo, comenzará a ser leyenda.



©2013

sábado, 8 de septiembre de 2018

Nadia


Nadia era muy especial.
- A veces veo a la gente –decía-  y me gusta sentir que no son solamente personas pasando por ahí. Me imagino qué tan profundo se han enamorado o cuantas decepciones han tenido. Lo mismo me sucede cuando leo lo que escribes.
Mientras tanto la gente pasaba caminando por la avenida Callao.
Solíamos reunirnos en la Opera de la esquina de Corrientes allá por el año 96. Eran tiempos insólitos y extraños. Teníamos de presidente a Carlos Menem y el peso valía lo mismo que el dólar. Yo había regresado a la literatura y estaba recién divorciado. Mataba el tiempo por las tardes escribiendo cuentos que todavía conservo. No tenía un objetivo demasiado claro. Luego de dos décadas de locura, de dinero, de sustancias y de viajes,  la hora de la calma al parecer había llegado.
Nos conocimos en el Centro Cultural Alfonsina Storni, en la calle Tucumán al 3200. Nadia asistía a un curso de “Biodanza” y yo a otro de Comunicación y Literatura. Nunca entendí muy bien que era eso de la biodanza pero tampoco me esforcé mucho en comprenderlo. Con el  tiempo también me anoté en otro curso de la Historia del Arte. Estaba viviendo solo y me había separado y de ese modo llegaba a mi casa bien tarde.
Cierto atardecer, esperando en la administración, me puse a charlar con ella y la invité con una bebida en lata de la máquina expendedora. Nadia eligió una Pepsi free.
Debo decir que Nadia era bella de verdad. Una acuariana de cuarenta cumplidos. Vistiendo atuendo de gimnasia adherido al cuerpo y con la parte posterior del sostén a la vista y atravesando su espalda.
A mí me impresionó mucho verla.
No tardé en invitarla a salir y a los pocos días terminamos en la cama. Su padre había llegado de Rusia, huyendo del comunismo y su abuelo vivió la revolución rusa. Y ahora andaba ella, en este raro país, con su pelo rubio y corto y su sensibilidad extraordinaria.
Juro que nadie ha sido en mi vida como Nadia.
Una tarde le leí el poema “Los Justos” de Jorge Luis Borges y se puso a llorar en la mesa. Me pidió el libro para leerlo directamente y supongo que lo hizo unas diez veces más.   Más tarde, charlando el episodio, comentó  que el poema debía llamarse “Los Buenos”, en lugar de “Los Justos”. Era una mujer de altísima sensibilidad que había tenido el infortunio de casarse con un tipo bastante idiota.
Yo comencé a sentir una especie de adoración por ella.
En pleno invierno falleció su padre. Nadia lo encontró muerto en la cama. Estaba tieso y con los ojos abiertos.
–Pensaba que al morir cerrabas los ojos.- me dijo conteniendo apenas el llanto
En aquellos meses junto a ella volví a decir palabras que hacía mucho tiempo que no decía, como por ejemplo “siempre” o “nunca” o “te amo”.
Hasta que un día la vida nos obligó a separarnos. Nadia se mudaba a Bariloche con la madre, a un pequeño hotel en la ladera del cerro que fuera propiedad de su difunto padre y  yo no tenía otra opción que quedarme en la ciudad.
–Tengo que cuidarla. –me dijo una tarde en la Opera y en la mesa de siempre.
Y entonces dejé que las cosas sucedieran de ese modo.
El último día Nadia me preguntó porqué escribía.
–Realmente no lo sé. Creo que puedo darle algo de emoción a la gente. A veces cuando escribo descubro sentimientos que ni yo mismo sé que tengo.
 –La aptitud es suerte, –respondió-  naciste con ella.  Lo importante en la vida es la valentía. Y tú tienes mucha. Nunca te voy a olvidar y voy a guardarte en mi corazón para siempre, quiero que lo sepas.
Yo también Nadia. –dije.
Y luego no volví a verla nunca más.
Y aquí se termina, también para siempre, esta historia de Nadia y los cursos en la ciudad de Buenos Aires. La misma que sucediera  en el año 96. En aquellos años tan insólitos y extraños, cuando yo andaba recién divorciado y no sabía qué hacer con mi tiempo y con mis horas. Cuando teníamos de presidente a Carlos Menem y el peso valía lo mismo que un dólar.


                                                                                           ©2018

domingo, 2 de septiembre de 2018

La Vidente


                La primera vez que me encontré con Lucía fue en el inconcebible invierno del año 89. Ella era vidente psíquica y se hacía llamar Luz Solar. Atendía en un pequeño departamento del norte de la ciudad. Su estudio era realmente singular. En el centro del cuarto se encontraba un enorme escritorio de madera labrada, detrás del escritorio un gran sillón donde ella se sentaba y más atrás varios cortinados de color rojo muy oscuro. Tenía sobre el escritorio cinco o seis libros sobre ocultismo, un mazo de cartas de tarot marsellés, una especie de pirámide invertida muy luminosa y –para mi desconcierto– un ejemplar en rústica del Necronomicón de Lovecraft.  Yo era un hombre joven en aquellos años y enseguida noté su fascinante belleza. Lucía era una mujer de mi edad. Y a mí me hechizó por completo.
                Luego de saludarla preguntó el motivo de mi visita y yo le pedí que lo averiguara.
                Entonces ella me miró en ese momento con una leve indignación.
                –Soy vidente –dijo secamente– no soy adivina.
                Mi visita estaba originada en motivos económicos. Había comenzado una prometedora carrera en la importación y en la exportación de calzado y aquel inflacionario y delirante Buenos Aires no me dejaba ver las cosas claras. Yo no creía demasiado en todo eso pero la insistencia de un amigo había sido determinante: “Ya verás como se soluciona todo” me dijo una tarde entre copa y copa. Y allí estaba yo, frente a Lucía, esperando ver qué pasaba.
                Ella me hizo sentar a su frente, tomó mi mano derecha con su mano izquierda y me hizo sacar dos cartas del mazo. Saqué El Mago y El Sol.
El Sol estaba hacia arriba y El Mago cabeza abajo.
Lucía se conmovió levemente, me miró una cierta ternura y luego cerró los ojos. Estuvo así un par de minutos. Más tarde los abrió y me dijo: “Te irá bien. A lo largo de las próximas semanas recibirás dinero”.
– ¿Y más adelante? –pregunté.
Más adelante veo un largo camino, un canal, una muralla, veo mucho sol y mucho cansancio. Y luego del cansancio el regreso.
Aquello me dejó algo insatisfecho. Por eso insistí y le pedí que fuera más lejos con sus visiones. Entonces Lucía me dijo: “Si voy más lejos todo se pone oscuro. No sólo contigo sino con cualquier ser humano de este mundo.”
Le aboné sus honorarios y salí, pero al llegar a la puerta algo me detuvo. Estaba fuertemente embrujado por ella. Fue así que le dije desde la misma puerta:
– ¿Se puede invitar a salir a una vidente?
– Claro que se puede –respondió- aunque en este caso no, porque la vidente está casada.
Aquello me desalentó por completo. Nunca me había pasado algo semejan te. Mi invicta soltería estaba siendo socavada por el más absoluto desconcierto. Así  que en las próximas semanas comencé a recibir dinero, tal cual me lo había predicho Lucía. Sus pronósticos habían sido certeros. Y yo sentía que no podía vivir sin ella.
Mi amigo me decía “¿Pero qué te pasa? ¿Te volviste loco?”
Y yo le contestaba que sí, que me había vuelto loco.
Entonces pensé en otras videntes, clarividentes, extrasensoriales y psíquicas y algunas médiums y hechiceras varias y comencé a visitarlas. En el mayor de todos los rituales conseguí una foto de Lucía y su esposo y la hice ampliar y la bruja que ofició el ritual la cortó al medio con una enorme tijera y separó las dos imágenes. “Ya está. –me dijo- Ese matrimonio se separa en un par de meses”.
Sin embargo no ocurrió nada de eso. Lucía Luz Solar siguió casada y yo terminé por irme del país para continuar con mis empresas.
Todo esto pasó en el inconcebible invierno del año 89.
Luego hice mi carrera y me casé y me divorcié. Y me instalé en el Canal de Panamá y comencé a comprar y a vender mercaderías con la República de China y visité la famosa muralla en uno de mis viajes. Estuve también residiendo en Bali y fui a vivir con una mujer indonesia que era una mezcla de bailarina y diosa. Y luego me aburrí de tanto sol y guardé algo de dinero en Suiza y con el futuro asegurado volví a la Patria.
La visión de Lucía se había cumplido por completo.
Veo un largo camino, un canal, una muralla, veo mucho sol y mucho cansancio. Y luego del cansancio el regreso.
Y ya grande y solo y convertido en un hombre maduro comencé por tratar de volver a acostumbrarme a Buenos Aires. Me invitaron un sábado a un casamiento. Y fui solo porque no tenía quien me acompañara.  Amenizaban la fiesta en el escenario varios jóvenes magos. Y en una mesa lateral, con un pañuelo rojo en la cabeza y sus ojos delineados y maquillados de negro, como una gitana, la vi a Lucía tirando las cartas del Tarot. Ya era una mujer grande pero seguía siendo hermosa.
No podía creer lo que pasaba. Dejé que atendiera a varios interesados que en general se reían entre ellos para divertirse con la fiesta y cuando finalmente estuvo sola me acerqué y le dije:
–Vengo para conocer mi destino.
Lucía alzó la mirada y no me reconoció. Apenas me había visto un par de veces en su vida y no tenía ni la menor idea de quién era yo.
– ¿Ustedes ya saben la respuestas antes que uno pregunte no?
–Para nada –dijo ella- Soy vidente, no soy adivina.
Entonces me senté en la mesa como un niño desorientado y pensé en lo absurda que es la vida y en lo extraño que resulta el paso del tiempo para los seres humanos. Medité mucho  de la adversidad, de mis tiempos felices y de mis años oscuros y entonces le dije:
–Por favor ¿Podrías leerme las manos?


©2018