lunes, 18 de febrero de 2019

En el Puerto



Hay un desliz oscuro entre las luces
Que siembran los faroles del estuario

Y brilla el cielo del brillante apogeo
De la luna azul de Buenos Aires.

Existen dos razones que me guían
Y ninguna de las dos tienen sentido.

Soy un pájaro herido por la vida
Y quebrado entre las ramas del árbol.

Hoy me abruma la noche de las cosas
Soy el pasajero gris y soy el vino.

Bebo como puedo del ensueño
Y me embriago de los años que pasaron.

La ciudad parece adormecida.
Hay refugio en sus muelles insensatos.

¿Qué será de mí cuando termine
Esta respiración que me acompaña?

No lo puedo saber, es mi condena.
Y a la vez el placer de haber estado.

La noche se acentúa en mi camino
Y veo entre las grúas el desastre.

La vida se me va, me siento grande.
Soy un perro extraviado por la calle.



©2019

lunes, 11 de febrero de 2019

Mayra


                Siempre recordaré mi  viaje a Montevideo.
                Mayra era inmigrante y trabajaba de docente en una escuela del Parque Avellaneda. Aunque cuesta llamar “inmigrante” a una mujer uruguaya. Existe  algo intrínseco de igualdad e identidad entre ambas naciones que dificulta el uso de ciertos  vocablos.
Mayra  de mañana atendía las mesas de un pequeño bar de la calle Lacarra y por la tarde noche enseñaba literatura en un colegio secundario de la zona. Era hija de padre argentino y tenía las dos nacionalidades. Yo la conocí en el bar porque en aquel tiempo acostumbraba a desayunar bien temprano a la mañana.  Ella era realmente encantadora y su capacidad de trabajo extraordinaria. Tenía más de cuarenta años aunque nunca me dijo su verdadera edad. Tuve que insistir en un par de oportunidades y después desistí de hacerlo porque realmente no me importaba.
Era tan querible y tan medidamente extrovertida que el día en que empezó a aceptar mi cortejo sentí que me internaba en una zona de riesgo.
Perfectamente pude enamorarme de Mayra.
Lo cierto es que estuvimos juntos un par de años. Aunque eso de “estar juntos” no sé si en verdad es decir lo adecuado. Nos veíamos cada tanto, entre sus ratos libres y los míos. No solo nos juntaba el encuentro físico sino también el arte. Mi colección de música la fascinaba y una tarde de amor y de locura, cuando llegó el tiempo de la calma, llegamos a la conclusión de que éramos una especie de mellizos musicales. Yo comencé, un poco, a adorarla. Pero luego la lógica se impuso por sobre lo insensato y me hizo entrar en razones. El amor suele interesarse en las cosas imposibles y una vez en la vida, por lo menos, debemos explorarlo. Aunque  para mí ese tiempo había pasado y  no estaba dispuesto a volver a intentarlo.
Mayra era una gran lectora y su profesión la obligaba. Hasta le gustaban las cosas que yo escribía. Por momentos llegué a pensar que éramos una pareja perfecta, hasta que en el otoño del 2016 volvió a su país. Había conseguido un importante nombramiento docente y pensó que el momento del regreso había llegado.
Yo la extrañé mucho, debo aceptarlo.
Aunque, acorde a los tiempos que pasan, las redes nos mantuvieron en contacto.
El año pasado viajé  a reencontrarme con ella. No solo me esperaba Mayra sino también Montevideo. Siempre había pasado por allí con mi auto, camino a Punta del Este o al sur de Brasil pero en realidad no conocía de verdad  la ciudad.
Todo fue una fiesta para mí: Montevideo y Mayra.
Me alojé en un hotel frente a la Terminal de Tres Cruces. Y allí anduvimos juntos por todos lados. Me llevó a un par de lugares donde se escuchaba esa música tan particular y de base murguera que cantan por aquel lado. Y desde luego la 18 y Pocitos y Carrasco. Y también esos barrios encantadores y antiguos que me hacen recordar a la vieja Buenos Aires.
Hoy Mayra es presente y a la vez pasado.
Cada tanto aparece su imagen en el Skype de mi casa contándome de sus tribulaciones políticas y personales. Ella es muy de izquierda, ciertamente mucho más que yo.
Y la verdad es que, a la distancia, la sigo adorando.


                                                                                                                                            
                                                                                                              ©2019

lunes, 4 de febrero de 2019

El Anunciador


              Hace ya varios años, durante una helada noche de invierno en el Bajo Flores, mi padre hizo referencia a una historia muy extraña. Durante mucho tiempo la he guardado en la memoria pero ahora estoy dispuesto a contarla. Sucedió en Buenos Aires, en el cabaret Chantecler.
Corría el año 1955 y el país se sacudía por tristes convulsiones políticas y militares.         
El tango había iniciado (aunque nadie lo sabía) el comienzo de su cuesta descendente en la hegemonía de los gustos musicales populares. Aquel año la orquesta de Pichuco llevó adelante una breve temporada en Chantecler.  El local de la calle Paraná 440 era reducto habitual de Juan D’Arienzo y por eso la actuación de Pichuco constituyó una novedad. Mi padre tenía por entonces 35 años y era un admirador confeso de Aníbal Troilo. Concurrió varias veces a escucharlo y hasta se le permitió permanecer detrás del palco durante el rato en que ellos no actuaban. Era amigo de uno de los violinistas principales y era también un hombre discreto que jamás ocasionaría problemas en el grupo. Lejos estaban de esa clase de gente los comportamientos violentos e histéricos de ahora. Aquel conocimiento del entorno favoreció su presencia allí y también le permitió acceder a algunas costumbres de los músicos. Junto con él permanecían, a veces, otros tres o cuatro admiradores más y hasta un quinto hombre muy serio y parco que casi no hablaba con nadie. Mi padre reparó en él varias veces. Le intrigaba la actitud imperturbable y la carencia de gestos de su rostro pálido. Ni siquiera sus ojos  resultaban vivaces y tampoco demostraba demasiado interés por el tango. Simplemente estaba allí, como una presencia latente e inexpresiva y acaso carente de propósito alguno.
            El día de la actuación de despedida la orquesta se encontraba excitada y alegre. Troilo hizo un bis de Quejas de Bandoneón y luego se retiró ovacionado. Detrás del palco el ambiente era de euforia y hasta hubo quien descorchó champagne. La intención general de los músicos, sin embargo, era otra. Pensaban ir a comer al restaurante Yapeyú de la calle Maipú, donde siempre los atendían bien y además les hacían descuentos de precio.
            En esos momentos el hombre que nunca había hablado caminó unos pocos pasos hasta el lugar donde se hallaba Troilo y cuando se acalló el murmullo le dijo en voz clara y alta:
            -Vengo a anunciarle que usted morirá de manera exacta veinte años después del día de hoy.
            La frase, que se escuchó con claridad en todo el recinto dio la impresión de ser por completo innecesaria y además impertinente. Muchos de los allí presentes se indignaron con el desconocido y hubo algunos que lo insultaron. El cantor Jorge Casal le dio varios empellones y estuvo por agredirlo pero el propio Troilo lo impidió. El hombre hizo entonces un gesto que oscilaba entre la indiferencia y el desprecio, luego levantó del piso su sombrero gris (que había caído a causa del tumulto) y al final se fue sin saludar a nadie.
            Mi padre tuvo en ese momento un impulso irrefrenable y se largó detrás del hombre para seguirlo adónde sea. No sabía muy bien cual era el motivo de ese impulso pero igual caminó varias cuadras detrás de aquel individuo.  Su persecución terminó cuando el hombre entró con rapidez a una vieja casona del barrio de Congreso.
            Todo esto me lo refirió mi padre aquella noche helada en el bajo Flores.
            La historia continuó, por supuesto, pero ahora dejaré que sea mi propio padre quien la relate.
            Estas son sus palabras:
            “Yo soy un hombre sencillo. No tengo grandes obsesiones ni tormentos mentales. Me jacto de ser una persona moderada y sensata. Es obvio que siento angustia y también miedo de morirme como cualquier persona pero en general soy equilibrado y de pensamiento positivo. Descreo de la magia, de los curanderos y del fenómeno OVNI. No me agrada el oscurantismo y tomo antibióticos si tengo fiebre. Así soy yo, a grandes rasgos.
            Aquel día en que ese hombre le anunció la muerte a Aníbal Troilo  tuve, sin embargo, una actitud inesperada y diferente. Algo incierto y muy difuso que todavía no puedo llegar a precisar me impulsó a seguirlo de la manera en que lo hice. Iba detrás de él obsesionado por el misterio y cuando lo vía entrar a la vieja casona de la calle Solís anoté la dirección de inmediato.
            De regreso a casa tuve que enfrentar demasiadas cuestiones.
            ¿Porqué razón aquel hombre había actuado de ese modo? ¿Qué lo llevó a decirle a Troilo en su propia cara nada menos que el día en que iba a morir’ y además ¿Porqué se arrogaba conocer lo que nadie conoce?
            Ninguno de esos interrogantes tenía respuesta.
            Entonces tomé una decisión sin precedentes en mi vida de hombre común y corriente. Me propuse seguirlo y averiguar quien era y qué hacía en realidad ese individuo tan extraño. Para eso decidí utilizar una corta licencia que tenía en el trabajo. Podía, de esa manera, llevar adelante la empresa y no contarle nada a mi mujer, ya que evaluaba lo sorpresivo de mi actitud y temía que ella pensara que me había vuelto loco.
            El primer día fue decepcionante.
            Hice casi ocho horas de guardia cerca de su domicilio pero no pude detectar movimiento alguno. Mi presencia, por suerte, pasaba inadvertida ya que podía mezclarme con facilidad entre la multitud de gente que concurría a la Caja Nacional de Ahorro Postal.
            Al día siguiente lo vi.
            Salió caminando de la casa con cierta parsimonia y eso me permitió seguirlo de cerca y no perderle pisada. Subió a un trolebús en la calle México y yo subí detrás de él. Cuando llegamos al Bajo se desocuparon los asientos y nos sentamos uno detrás del otro. Era un hombre en cierto modo enjuto y muy formal. Su traje era gris oscuro y la camisa sencilla y blanca pero sin el cuello almidonado.
            Yo aproveché la cercanía para mirarlo, todavía, con mas detenimiento. Llevaba una especie de cadena de oro con una medalla extraña que aparentaba ser una cruz inscripta en un círculo.  Eso era bastante inusual en aquel tiempo ya que solo las mujeres lo llevaban de ese modo.
            Cuando llegamos al Correo Central el hombre bajó y entró al edificio.
            Yo lo seguí lo mas cerca que pude y cuando aceleró el paso me esmeré en no perderlo de vista. Caminábamos de una manera rítmica, el adelante y yo detrás,  y tuve, de pronto, la sensación de ser arrastrado por aquel personaje. Fue entonces que los latidos de mi corazón se aceleraron. Finalmente entró a una oficina y cerró la puerta. Entonces permanecí parado debajo de la bóveda del enorme edificio sin saber bien qué hacer. Indagué luego en algunos sectores aledaños a esa puerta y así me pude enterar que aquel hombre era Jefe de una de las secciones de distribución de correspondencia. Un funcionario de escasa categoría que tenía poco personal a cargo y una mediana responsabilidad en el área de giros y telegramas.
            Su nombre era Atilio González y al parecer se le consideraba como un jefe severo y estricto.
            Estuve pensando un largo rato acerca de la manera de abordarlo pero el propio González me ahorró el trámite y envió un empleado para invitarme a pasar a la oficina.
            Me senté frente a él con singular expectativa. Nos separaba un gran escritorio de madera, como se solían usar entonces en cualquier repartición estatal. Primero ordenó café  y luego le solicitó a su secretaria que nos dejara solos.
            El diálogo que mantuvimos fue el siguiente:
            -He observado – dijo – que hace un par de días que me sigue.
            -Así es – contesté- Me llamo Santiago Hermida y ando detrás suyo.
            -¿Se puede saber porqué? – preguntó.
            -Mire, a decir verdad no estoy muy seguro. El principio deseaba hablarle de lo que ocurrió el otro día en Chantecler.
            -Ah – dijo- me lo imaginaba.
            -¿Porqué le habló usted de esa manera al gordo Troilo?
            -Bueno...-contestó- Lo que primero le diré es que esta conversación que vamos a mantener en los próximos minutos será obligadamente parcial y no demasiado extensa. Hay preguntas que no voy a poder responder. Ésta que me acaba de hacer, por ejemplo. Aunque puedo, sin embargo, revelarle una parte de lo que en general la gente supone que es la “Verdad”.
            -Le escucho. –dije.
            -Yo he sido nombrado Anunciador hace ya algunos años. Es una profesión muy poco conocida pero tan vieja como el mundo y que  en la actualidad se desempeña de manera conjunta con otras tareas.  En mi caso, por ejemplo, soy funcionario de Correos y a la vez Anunciador. Aunque no siempre fue así. Hubo épocas en que el Anunciador sólo podía ser Anunciador y Mago.
            -¿Y a usted quien lo nombró?
            -¡Por favor, amigo! – replicó – Ya le he dicho que hay cosas que no voy a poder contestarle.
            -Bueno – dije – entonces siga.
            -Todas las culturas tuvieron su Anunciador. Los judíos ya conocían el concepto desde las épocas en que vagaban nómades por Samaria. La Biblia en general está plagada de citas de profetas. Pero no hay que confundirse. La profecía está destinada a la humanidad y a los pueblos. Al Anunciador solo se dirige a los seres humanos. Los pueblos nórdicos de Europa hablaban del sunbörjk. Lo hacían mucho antes de su choque cultural con los romanos y los cristianos. También hay numerosas pruebas de su presencia en América. Los mayas en incluso los guaraníes y hasta los tehuelches tuvieron el suyo. En la Edad Media los cátaros lo reverenciaban. Y los griegos afirmaban que el Anunciador aparecía siempre en las cercanías del ágora. En fin, la lista sería interminable.
            En esos momentos Atilio González, el Anunciador, detuvo su charla y bebió un sorbo de café.
            -Supongo –dije- que si le pregunto por aquel que le encomienda el mensaje que debe anunciar tampoco va a contestarme.
            -Supone bien. –replicó.
            -¿Acaso es usted  -insistí- el que sabe lo que va a pasar y decide anunciarlo?
            -De ninguna manera – dijo -  Yo soy sólo un instrumento. Nada más que un mensajero que hace su trabajo.
            -¿Y siempre anuncia la muerte? Pregunté.
            -Siempre no. –contestó- A veces anuncio otras cosas y todas en tiempo exacto. Aunque la muerte, es verdad, es lo que más suelo anunciar.
            -¿Y eso sirve para algo?
            -No lo sé. –contestó- La utilidad del anuncio no depende de mí sino de quien lo recibe. Pero piense usted ahora lo siguiente. Si todos conociéramos el día en que vamos a morir manejaríamos nuestra vida mucho mejor de lo que lo hacemos ahora. Seríamos, tal vez, menos violentos y tomaríamos mejores decisiones. En lugar de ser esclavos podríamos ser dueños de nuestro propio destino.
            González terminó de ver su café y yo hice lo mismo con el mío.
            Durante largos segundos lo miré fijamente a los ojos pero debo aceptar que no logré ver su alma.
            -Quiere que le diga una cosa. –dije- Para mí es mejor no saber nada. Me parece más apropiado a la condición humana.
            El Anunciador esbozó en esos momentos una leve sonrisa y se levantó como dando por terminada la charla. Yo hice lo mismo y lo saludé con un apretón de manos.
            -¿Nos volveremos a ver? -pregunté.
            -Nunca se sabe –dijo – Acaso algún día me toque anunciarle algo,no lo sé.
            Después de esa frase salí otra vez al enorme salón principal del Correo Central.
            Estaba muy desorientado.
            ¿Acaso sería aquel hombre un fabulador? ¿Habría algo de verdad en sus palabras? ¿O todo aquello no era más que el delirio escapista de la vida rutinaria y opaca de una persona como él?
            Todas esas preguntas no tenían, a decir verdad, una respuesta clara. Yo me encontraba exactamente igual que antes de la charla y era evidente que González había manejado toda la entrevista a su antojo.
            Caminé luego varias cuadras sin un destino fijo porque no sabía muy bien qué hacer. Pensaba en un principio en dedicarme a olvidar todo el asunto pero también evaluaba que me iba a costar mucho desconocer lo que había pasado.
            Al llegar al Obelisco tomé, sin embargo, la súbita decisión de ir a hablar con Troilo.
            Fui hasta el Hotel Castelar y lo encontré a Pichuco en los baños turcos del hotel. Estaba vestido con una bata de toalla, rodeado de amigos y con un vaso de whisky en la mano.
            Mi decisión había sido otra vez tan repentina que al encontrarme allí comencé a dudar un poco de la determinación que había tomado. Pensaba que si contaba lo que había descubierto tal vez iban a pensar que estaba loco o desequilibrado. Entonces me alejé a un sector apartado y sentado en un sillón de cuero pensé mucho en lo que había pasado. Al final tomé la decisión de ir a saludarlo y charlar un rato con él.
            Troilo me atendió con deferencia y estuvimos juntos hablando algunos minutos apoyados en la barra del bar.
            Antes de irme le pregunté:
            -Dígame Pichuco ¿Qué pasó el otro día en Chantecler?
            ¿Cuándo? –dijo el gordo.
            -Hace unos días – insistí- al final de su actuación. Hubo un tipo que lo agredió con un mensaje o algo así...
            -Ah claro –contestó- ahora lo recuerdo. ¿Sabe lo que pasa? A un hombre conocido y famoso como yo se le acercan muchos locos. Es algo a lo que estoy acostumbrado.
            Después lo saludé y me retiré del lugar.
            Una vez en mi casa estuve charlando un rato con mi mujer pero tampoco le aclaré en demasía lo que había pasado. Entonces decidí quitar en lo posible ese episodio de mi vida y dejarlo arrinconado en un rincón de la memoria para siempre. Ya casi jamás he vuelto a hablar del asunto con nadie, excepto una vez, durante una sobremesa de invierno, cuando lo referí el asunto a mi hijo mayor.
            Eso es todo”

            Aquí termina el relato de mi padre.
            Su narración parece estar - desde todo punto de vista - estrictamente ceñida a los hechos y a las circunstancias que le tocó vivir.
            Yo deseo, sin embargo, hacer algunos comentarios adicionales.
            Mi padre me refirió esta historia unos pocos días antes de la muerte del gordo Troilo.
            Tangueros con los que hablé después negaron de manera terminante que Pichuco haya actuado alguna vez en Chantecler. Otros creen recordar alguna actuación ocasional pero no están muy seguros. Tampoco hay documentos, diarios o revistas que atestigüen a favor o en contra de alguna de las dos hipótesis.
            Si fuera cierto que Troilo nunca actuó en Chantecler entonces es probable que mi padre haya atravesado (sea del modo que fuera) las puertas a una realidad paralela a la nuestra y dónde los hechos sucedieron de la forma en que los relata.
            Estas puertas en diferentes universos estás asociadas al fenómeno del Anunciador y se supone que son ellos quienes tienen la facultad de atravesarla.
            Mi padre falleció en 1988 y el secreto (si es que lo hubo)  se lo llevó a la tumba.
            Finalmente – como es público y notorio- Aníbal Troilo murió el 18 de Mayo de 1975. Exactamente veinte años después de la incierta noche en que le fuera anunciado.


©2019