jueves, 6 de diciembre de 2018

Mi amigo Julio


         
            Estaba solo en mi casa, como suelo estarlo hace bastante tiempo.
            Amanecía. El sol del verano entraba por los intersticios de la cortina que da a la calle y si bien todavía me encontraba en la cama ya estaba muy despierto.
Fue cuando me llamaron del viejo barrio para avisarme que Julio había muerto. La noticia me afectó mucho,  a pesar de que no lo veía desde hacía bastante tiempo.
Fue entonces que sentí  la existencia de algo inasible en la muerte.
Y mucho más en la noticia de la muerte. Uno experimenta dolor, frustración, angustia o perplejidad pero no termina de percibir nada concreto. Todo tiene un trasfondo de irrealidad. Julio murió, Julio está muerto. Está bien ¿Y ahora qué?
No hay demasiada alternativa. A partir de ese momento nos invaden los pensamientos y los lugares comunes de siempre. Algunos aferrados a sus preconceptos y creencias religiosas y otros a la fragilidad del escepticismo.
Sin embargo para mí no fue una muerte cualquiera.
Veinte años atrás éramos muy amigos y yo me enamoré de su mujer. Fueron tiempos increíbles donde sentí, perfectamente, la mano de lo inevitable acariciando mi espalda. Tiempos de equívocos, de revelaciones inesperadas, de enfermedades inoportunas y de sucesos imprevistos.
Todo se confabuló de tal manera que desde entonces creo en el destino.
Nuestros caminos se cruzaron sin que hubiera señales a la vista y ninguno de los tres planeó ninguna de las cosas que luego fueron sucediendo. Simplemente sucedieron y como en el efecto dominó,  las fichas cayeron una detrás de la otra y nadie pudo evitarlo.
Clara después me dejó.
Estuvo un año y medio conmigo y luego volvió con Julio, que aceptó su regreso.
Muchas cosas quedaron luego en el trasfondo del tiempo. Poemas escritos en papel, requerimientos absurdos, desazones en el alma y conversaciones grabadas en una Internet que recién empezaba.
Ahora, sin embargo, el círculo comenzaba a cerrarse.
Personalmente nunca he sido afecto a acudir a velorios y en la medida que puedo siempre trato  de evitarlos. En este caso se me complicaba un poco, por eso llamé a un conocido para averiguar algo más de lo que pasaba.
Cuando le pregunté de qué murió Julio me dijo:
–Se suicidó. Lo encontraron muerto en su cama a la mañana y había un frasco de Valium vacío en la mesa de luz. Aparentemente se tragó  todas las capsulas.
– ¿Y Clara? –dije sin entender demasiado bien lo que pasaba.
–Fue a visitar a la hija, está en España.
Aquello modificó todas las variables por completo. Al misterio inasible de la muerte se le agregaba ahora esa especie de vértigo que otorga el suicidio. Entonces decidí cambiarme y vestirme de la manera más formal posible y luego salir para la sala mortuoria.
Y allí estaba Julio, pálido y cadavérico. Desde ya que lo que se encontraba en el cajón no era él. Por eso cuando se habla de “los restos” de una persona me parece que es algo acertado. Allí no estaba Julio, allí estaban sus restos, es decir, lo que había quedado de él.  Luego saludé a uno de sus hermanos y permanecí unos diez minutos parado frente al féretro. Pensé que era lo menos que podía hacer en su memoria.
Al salir me crucé con su madre octogenaria. La mujer era llevada en una silla de ruedas y al verme se detuvo:
–Julio se suicidó por tu culpa. –me dijo mirándome con un poco de odio senil.
Y yo preferí no contestarle nada. Las cuestiones y conflictos habían sucedido lejanos en el pasado y vaya uno a saber la razón por la que mi amigo se había suicidado. Por suerte, eso sí, pude evitar cruzarme con Clara, que estaba en España.
Y así transcurrió aquel día del año pasado. Cuando era verano, igual que ahora y estaba en la cama despierto y cuando me llamaron del viejo barrio para avisarme que Julio había muerto.

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jueves, 29 de noviembre de 2018

Úrsula Restrepo


Úrsula Restrepo Uribe nació en Medellín, Colombia, en 1865. Era hija del terrateniente Francisco Restrepo Ramos y de una mulata que trabajaba en su hacienda llamada Leonor Uribe. La niña fue aceptada y reconocida por su padre, que estaba casado y tenía otros tres hijos, siendo inscripta en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen  de La Ceja, en las afueras de la ciudad.
Úrsula nunca conoció a sus tres hermanos y fue apartada desde el comienzo de su vida de cualquier relación social con la familia de su padre.  Su madre murió al poco tiempo de haber nacido y la niña fue criada en el Convento Domus Dei de las Hermanas Dominicas.
Tenía la piel levemente aceitunada, el pelo oscuro y rizado  y unos ojos verdes e insondables.
Úrsula creció bajo una estricta moral cristiana. Fue informada de La Biblia (muchos de cuyos versículos sabía de memoria) y de la llegada del Hijo de Dios y del Espíritu Santo y todas esas cosas. Una tarde, sin embargo, contempló que cuatro campesinos negros eran azotados, atados a un árbol, porque estaban sospechados de haber cometido un delito y la visión de aquel hecho alteró por completo su percepción del mundo.
Tenía por entonces 18 años y vivía rodeada por las monjas, sin amigas, ni amigos y sin novio. Una Navidad, las hermanas le informaron que era demasiado grande para permanecer allí, que debía abandonar el Convento y casarse con el hijo de un herrero al que ella detestaba.
Úrsula no lo pensó demasiado, tomó sus ahorros, armó una pequeña valija con sus cosas y viajó hacia Cartagena de Indias. Desde allí tomo un vapor hacia Nueva York, dónde según todos le decían, se encontraba el centro del mundo. En ese lugar trabajó de costurera junto a otras inmigrantes pero las condiciones del trabajo la agobiaban. Estuvo en Chicago en 1886 y le tocó vivir de cerca los acontecimientos que se desencadenaron a partir del 1º de Mayo de ese año. Luego regresó a Nueva York y allí notó que tenía condiciones de escritora. 
Algo se iluminó en ella en ésa década.
Trabajó como vendedora en una tienda y en los ratos libres, al regresar del trabajo, solamente se dedicaba a la escritura. De aquellos años proviene su extraordinaria trilogía: Crónicas de una Mujer, Diarios de Inmigrante y en especial Bajo la Encina, novelas donde aborda la temática de la mujer trabajadora, aunque más desde una óptica existencial que feminista. Cuando le llevó su primera novela a la editorial Collins de Nueva York Úrsula se sorprendió de la rápida aceptación de su manuscrito. Los libros fueron un éxito y enseguida pudo vivir de lo que escribía.
En 1897 y con 32 años recién cumplidos Úrsula, al igual que en su momento hiciera Rimbaud, abandonó la literatura para siempre.  No se dignó siquiera escuchar los ruegos de la editorial que le pedían, casi de rodillas, que escribiera al menos un libro más, dada las muy buenas ventas de los tres anteriores. Tenía una solida posición económica y además encontró el amor en un periodista neoyorquino llamado David Mark.  Juntos viajaron a Europa y allí comenzó el extraordinario periplo de Úrsula alrededor del mundo.
Estuvo junto a David en decenas de países mientras vivía de sus derechos de autor y de los libros de viaje que su esposo escribía. Nunca pudieron tener hijos aunque eso a Úrsula no le importó demasiado. Era una determinista convencida desde los tiempos en que leía a Espinoza en su pequeño cuarto de Nueva Jersey.
Conoció a Virginia Woolf en Londres y el propio Hemingway le pidió una entrevista. Úrsula había pasado a convertirse en una especie de leyenda dentro del mundo literario. David murió en Junio de 1935 y Úrsula, que sostenía dignamente sus 70 años decidió que ya era tiempo de regresar a Medellín.
Estuvo, como todo viajero que regresa, visitando  los lugares que más profundamente habían marcado su alma. Merodeó en un lujoso automóvil la hacienda donde había nacido y el convento donde había sido criada. Y también fue a escuchar al cantor argentino Carlos Gardel, que esa noche cantaba en la ciudad. La muerte del cantor al día siguiente en un accidente de aviación la afectó de una manera enorme. Úrsula amaba el tango y además a la canciones tristes como el fado y las canzonetas italianas.
Al día siguiente regresó a Nueva York.
Y allí vivió recluida dejando pasar el tiempo, junto a su dama de compañía y tan solo esperando la muerte.
Lo cierto es que eso no sólo no sucedió sino que Úrsula vivió hasta los cien años.  Su leyenda, naturalmente, se fue apagando con el paso del tiempo hasta que un día el escritor argentino Julio Cortázar la rescato del olvido y le refirió la historia a Gabriel García Márquez que por ese entonces estaba escribiendo Cien Años de Soledad.  El escritor colombiano quedó muy impresionado por aquella leyenda, en especial por la firmeza de su carácter, y terminó por inspirarse en ella para su personaje de Úrsula Iguarán.
Finalmente Úrsula Restrepo murió en Nueva York a finales de 1967. Tenía 102 años y tal cual fue su voluntad, sus cenizas fueron arrojadas al Mar Caribe


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jueves, 22 de noviembre de 2018

La última palabra



Escribo para que la muerte no tenga la última palabra.

                                                                          Odysseus Elytis.





               
          Anoche me puse a pensar mucho en Laura.
          Recordaba aquellos años de Video Club cuando las cosas latían hasta lo insoportable. No es nada original lo que digo pero casi siempre pienso en Laura.

De alguna manera ella ha sido en mi vida el ancla de los  recuerdos. Laura les otorgó a todos un año en particular, un año insobornable y preciso que no quiero mencionar porque no me parece necesario ponerle un número a mi templanza.

Laura en su momento era la locura y era también la calma.

Nos conocimos de un modo circunstancial, como casi todo el mundo.  Yo era joven pero  la doblaba en edad. Tenía 43 y ella 19. Y atrapados por el frenesí del amor conocimos tanto el delirio como el arrebato.

Se pueden imaginar lo inaugural que era Laura.

Tenía los rizos del color de la caoba y era contradictoria hasta lo inexplicable. Ella me tomó del cuello de la camisa desde el primer día y no me volvió a soltar hasta abandonarme. Porque ella me abandonó, eso es cierto, pero antes encarceló mis ansias asfixió mis sentidos y aprisionó mi anhelo.

No había vara ni medida para Laura.

No existía dimensión, ni régimen ni compostura.  Todo resultaba en magnitud y no había sensatez que le alcanzara.

Ella era deportista, representaba al país,  y viajaba por el mundo. A veces nos reíamos, a su regreso, de las cosas que le habían pasado y de sus percances y desencuentros en las ceremonias con tipos como Fidel Castro que al final de un torneo le entregó una medalla.

Anoche por gente allegada me enteré que murió en Octubre pasado.

Una enfermedad se la llevó en poco meses de tan joven que era, de tan loca, de tan extemporánea.

El Néstor en negativo, el de los ojos diferentes en el rollo de la Kodak,  el que siempre cuestiona mis cosas,  el que lleva una extraña tonalidad  en la  imagen, y que tiene los colores del cuerpo al revés.  El del espejo,  el que me mira en el cristal bruñido y tiene un ojo derecho donde yo tengo el izquierdo; ése Néstor -el otro- me ha dicho

                – ¿Para qué te pones a escribir estas cosas? ¿A quién puede importarle?

Por de pronto a mí.  A mí me importa y me seguirá importando Laura. Soy un poco obcecado como ella. Tengo su propia obstinación, tan  querible como desorientada.

Y no pienso dejarle a la muerte la última palabra.



©2018