lunes, 31 de octubre de 2016

Carta para Mónica



Querida Mónica.

Te escribo esta carta treinta y cinco años después. Lo más probable es que jamás la recibas. Aunque eso de lo más probable dicen los científicos que es bastante dudoso. Mientras sea probable puede pasar. Así suele decir esa gente tan estricta.
Acá en la patria está terminando Octubre. Y el tiempo hace varios meses que se volvió un poco loco. No sé cómo será allá en la América del Norte. Sabrás que desde hace unos quince años que sigo tus pasos. Desde que existe Internet y Google. Tu apellido tan especial y tan diferente me ayudó mucho. Sé que estuviste bien al norte, cerca del Canada y que ahora andás más al sur, en alguna ciudad de La Florida que prefiero no nombrar.
Acabo de ver tu foto en Linkedin, pero no me hagas caso.
Me conoces desde aquellos años tan jóvenes y alevosos.  Sabes bien como soy y de la manera en que te he amado. Así que te lo puedo decir tranquilamente, tus ojos son los ojos celestes más hermosos de la historia del mundo.
Punto.
Hoy estoy solo en mi casa. Imposible que comprendas lo que siento y lo que me pasa esta noche. La soledad me rodea por los cuatro costados. Miro Hacia todos lados y no encuentro una salida. Y tampoco me importa demasiado.
Te juro que vengo de cruzar el desierto, igual que tus antepasados.
He recuperado mi salud a un costo importante.  Tengo un mediano pasar y una familia fabulosa.
¿Te recuerdas Mónica?
Aquella vez en la Biblioteca Nacional de la calle México cuando fuimos juntos a charlar con Borges. Llevabas un Sony a pilas y a carrete. No sé si conservas la cinta. Es altamente improbable dirían los científicos famosos.
Pero allí estuvimos tú y yo, a medio metro del más grande, del más grandioso.
¿Y eso quien nos lo quita?
Además te diré que tu pelo rubio, con rizos muy pequeños, tan rubio y tan luminoso, enmarcaba el mar insondable del fulgor de tus ojos. Yo acostumbraba a decir que eras mi Barbra Streisand personal aunque a ti no te gustaba mucho.
Nunca me hubiera convertido al judaísmo. Eso bien lo sabes. He nacido y moriré agnóstico. Pero seguro que te hubiera acompañado a las reuniones familiares.
Y ahora, de repente, no sabes lo que te extraño.
Necesito una musa y no tengo ninguna. Cada rato me paso mirando tu foto en Linkedin. Es increíble lo bien que han salido tus legendarios ojos celestes en la foto.
En fin, que no le tengo miedo a la soledad, Mónica.  Pero el paso del tiempo y la vejez la verdad es que me inquietan un poco.
Te mando un beso grande rubia.


No le hagas demasiado caso a este loco.

jueves, 27 de octubre de 2016

El Olvido


            La noche se hace larga sobre la avenida Corrientes.
            He vuelto, no sé muy bien porqué, a sentarme en una de las mesas del café La Paz.
Ya casi nada queda de aquel interior de estilo racionalista y de aquellas paredes recubiertas con  mármol italiano. El revoque,  la madera enchapada y el bronce subsisten en algún lugar aislado y la barra legendaria dónde uno podía pedir cualquier bebida que existiera en el mundo es ahora un sitio irreconocible y olvidado.
En diagonal, hacia la otra esquina, se encuentra el bar Ramos.  Para ser exactos, lo que queda del bar Ramos. Ahora es simplemente una pizzería. No es otra cosa que la sucursal de la vieja pizzería  Banchero de La Boca.
En aquellos tiempos salíamos del Teatro San Martín y nos íbamos al bar Ramos a beber vino suelto.  Que rico e indómito que era aquel vino. El gallego Sarlenga lo servía directamente de la bordalesa. Una especie de barril muy grande al que llamaba bordelesa y nosotros bordalesa. Sarlenga era muy gentil, llevaba el pelo engominado y un bigote imperceptible y delgado. “No sean salvajes, nos decía, que se llama bordelesa”. Lo cierto que el vino tinto salía de la canilla de madera, espumoso e incitante y era nuestra bebida revolucionaria.
Pero no esperen de estas reflexiones demasiada nostalgia.
Simplemente son recuerdos de cuando uno tenía veinte años y estaba en guerra la patria. A veces me pongo a pensar que en aquellos tiempos hasta Los Beatles se habían separado.
Y encuentro todo tan lejano que no me queda ni un mísero lugar para la nostalgia.
Es como un dato de la realidad. Los años que pasaron han sido muchos  y ya casi no logro recordar nada. ¿Tuve en realidad aquella novia con la que hicimos el amor en el banco de una plaza? ¿Me bebí alguna vez media botella de whisky sentado en el sillón de mi casa? ¿Me traicionó mi amigo más querido? ¿Estuve de verdad tres años exiliado?
Tengo el disco duro de la memoria completo.
No sé responder a esas preguntas y ni siquiera estoy preparado. Hoy trato de mirar hacia el futuro  e intento dejar muchas cosas de lado. Y lo último que quiero es que se derrumbe sobre mí  todo el peso de los años que pasaron.
Antes era moderno, es cierto y ahora me he vuelto clásico.
La noche se hace larga sobre la avenida Corrientes.  El fantasma interminable del destino se acerca y se abalanza sobre todas mis dudas.
La mujer de mi vida me sonríe detrás de los cristales de la puerta de entrada.
Ella sabe que la amo y que la necesito como al aire que respiro, pero mañana tengo que viajar al interior y la verdad es que estoy muy cansado.
El olvido me exige el tributo que le debe mi alma desde hace tantos años.
Y el tiempo no es otra cosa que un asesino solitario.


©2015

lunes, 17 de octubre de 2016

Una paloma herida



           Partido de Maipú, seis de la mañana. He detenido mi automóvil a la vera de la ruta y estoy muy cansado.  A mi derecha, el viejo restaurante vasco Ama Gozua y mirando hacia  adelante el infinito horizonte de la autovía. He pasado allí buenos momentos pero ahora es demasiado temprano para encontrarlo abierto. Hay una especie de rocío bastante leve que permanece suspendido en el aire. El viento del espacio despejado trae un inconfundible aroma a campo y ya han comenzado a cantar los pájaros que suelen cantar cuando amanece.  
La ruta se encuentra semivacía.
Al igual que mi vida sin ella.
Así que decido bajar y caminar por un rato. Al salir del auto percibo el primer destello. Aún no ha llegado la  primavera pero el sol, obstinado, intenta  ponerse a relumbrar detrás de un gran monte de eucaliptus. La mañana de Maipú me recibe de la única manera en la que se puede recibir a un hombre urbano. Estoy abrumado por la naturaleza y siento que un viento duro e inclemente me golpea de frente la cara.
Nunca me hubiera imaginado que llegaría el maldito momento de no tenerla más.
Mientras tanto hay una enorme sugestión  en el ambiente y el mismo viento pasa como una corriente, como un suspiro y como un soplo.
En conjunto con ellos las resonancias del entorno golpean  las escasas ramas de los árboles  y el soplo, directamente, es un soplo al corazón.
Me bajo del automóvil y me largo a caminar.  Desando mis pasos en la gramilla mientras escucho el ruido de las hojas secas debajo de la suela de mis zapatos. Nada me interesa, en realidad, en esta mañana de Septiembre. Ni siquiera sé bien la razón por la que detuve mi automóvil en este lugar.
Para mi ventura, siento que un par de personas comienzan a abrir las cortinas del Ama Gozua. Al parecer ya no sólo dan comida como antes sino que ahora también sirven desayuno. Cuando me voy a acercando a la entrada una de las empleadas me recibe con una sonrisa. Me siento feliz ya que podré beber café para despabilarme un poco.
Al costado del camino que se dirige a la entrada encuentro una paloma herida.
Se localiza allí, semioculta al costado de una especie de barra de metal oxidada. Tiene el ala derecha  quebrada.  Sus ojos sin conciencia miran en derredor como buscando una respuesta a lo que le pasa. Pero no la hay, por supuesto. Ni para la paloma ni para mí, que soy un ser humano tan pasajero como ella.
Estoy acorralado por mi torpeza.
Nunca debí permitirle a mi amor que se marchara. Y ahora la extraño como un desdichado que no tiene escapatoria. Si yo me juzgara a mi mismo en este preciso instante terminaría condenado. En otros tiempos he sido benigno conmigo y con mi conducta pero ahora no lo soy. He arruinado mi vida y no sé como remediarlo.
El sol ya se eleva unos grados entre los eucaliptus y yo termino mi café en el Ama Gozua.
Tal vez la llame, tal vez no.
Me hieren algunas cuestiones que no puedo evitar.
Al salir vuelvo a encontrar a la paloma herida. La miro y me vuelve a mirar, acurrucada entre el metal y el pasto. Entonces me acerco y la tomo entre las manos. El ave no opone resistencia y yo la llevo conmigo a mi automóvil; la apoyo en el asiento del acompañante y salgo de allí sin rumbo fijo.
Hay una especie fascinación interior  cuando uno no sabe adónde va. Cierto atavismo inexplicable que nos reconforta dentro del dolor que llevamos en el alma.
Yo tengo otra paloma herida en mi vida y es una mujer.
Y una vida personal, por otra parte, que ha comenzado a carecer de sentido  desde hace ya bastante tiempo atrás.
Mientras tanto el sol comienza a enseñorearse en el cielo de Maipú y sus rayos terminan por doblegar la barrera del monte de eucaliptus.
Retomo la senda de la autovía pero no tengo un destino cierto hacia donde viajar.    
Pongo música en la radio.
Vaya a saber adónde iré a parar.

©2016

sábado, 1 de octubre de 2016

Buscarte


El tiempo ha pasado como un relámpago en mi vida.
Los años se abrigaron en mi corazón buscando amparo a tantos inviernos.
Cada uno de ellos se alejó de mí con un saludo. Se fue haciendo pequeño en el recuerdo y antes de desaparecer agitó sus manos en señal de despedida. Yo los fui dejando ir porque no podía hacer otra cosa. Pero lo hice sin culpa y con el alma transparente.
Pongo de testigo al niño que fui. El nunca dejaría que mienta.  
Mis años se fueron porque eso es lo que hacen los años. Y no he podido evitarlo.
Sin embargo tú has estado siempre presente en el espacio. He transitado por ti tantos caminos que acaso me haya vuelto recorrido y distancia. Anduve por  los senderos, manejé el  automóvil, navegué por los ríos, me subí a los aviones.
Y allí estabas aguardando que llegue. Anhelaba tocarte, morderte y besarte. Y luego, por alguna razón, un buen día ya no estabas.
Te llevé de la mano en la plaza, allá en Monte Grande. Te vi salir del agua del atlántico hermosa y con la piel bronceada. Estudiamos juntos en la biblioteca. Caminamos con las multitudes por la calle. Fuimos juntos al cine. Hicimos el amor en los hoteles de lujo y también en la trastienda de algunos locales. Te secuestré todo un año por las tardes. Me volví loco por ti en Ponta das Canas. Y también en Floresta, en Puente Alsina y en Callao y Santa Fe y en Coghlan y  en Versalles. Me volví loco pero no solo por ti sino también por ella y por todas las restantes.
Todas fueron una  y mía no fue ninguna.
Vaya a saber detrás de qué sueños anduve. Ya no sé la diferencia entre ilusión y quimera.
Y mira que te he buscado, mujer. Que he escrito dos mil poemas.  Que siempre he sido un loco persistente y obstinado.
Antes fui mar y hoy soy río. Antes fui rayo de luz y hoy tan solo soy lucero que alumbra al llegar el alba. Antes fui todo sonrisa y hoy soy mirada lejana.
Pero te busqué concreta, jamás te he buscado abstracta.
Fui detrás de la cumbre de tus senos, de tus abismos profundos, de tu piel, de tu fragancia. Eras tú, material y mortal, respirando agitada. A ti te busqué, a la providencial, a la del hado inevitable. Detrás de ti anduve, de la única, de la predestinada.
Y ya ves, no he podido encontrarte.
Los años del principio vuelven hoy como en un caleidoscopio de imágenes que se fueron y que cuesta mucho recordar.
Sé bien que he venido  a este mundo a buscarte.
Más nunca te pude hallar.


©2016