viernes, 26 de enero de 2018

Clásica y Moderna



            Para la noche de tu cumpleaños te invité a Clásica y Moderna.

            Tú no la conocías tanto como yo.

Al fin de cuentas, crucé frente a su entrada durante mucho tiempo en aquellos ardientes y dolorosos años de la adolescencia. Recuerdo que bajaba del autobús, rumbo al colegio, con mi acné y mis hormonas a cuestas y apenas me daba cuenta que existía. Tan elegante, tan europea la librería. Luego con el tiempo y con los años se convirtió en un bar, en un “Bar Librería”. Por eso te digo que la he conocido un poco más que tú; nada más que por eso.

Y ahora, después del derrumbe de los años increíbles que han pasado, no solo era un bar sino que también se volvió en lo que en Francia llaman café-concert. 

De esos que retrataban en el siglo XIX Degas y Manet.

Siempre te deslumbró Édouard Manet. Me enseñabas esos libros fabulosos de pintura que habías comprado en tu juventud y vaya uno a saber el dinero que te habían costado. Y yo junto a ti, sentado en el sillón principal, mirando los cuadros desfilar uno tras otro ante mis ojos de hombre literario.

Para ti las imágenes, para mí las palabras.

Hemos sido muy felices y los dos lo sabemos.

Tengo un recuerdo casi celestial de esa luz atenuada que entraba por el ventanal de nuestra pequeña casa.  Atravesaba las  cortinas impecables que tanto cuidabas y llegaba hasta nuestro lugar en el sillón, allí donde nos gustaba estar cerca y lo más juntos posible.

Para lo otro, para la furia de la piel quedaba el dormitorio.

Así que estoy feliz de estar en Clásica y Moderna contigo. Por momentos miro para atrás y siento que todo fue un sueño. Es que los años pasan de una manera tan fugaz que hay que vivir para experimentarlo. Los jóvenes desconocen esto. Recién lo aprenderán cuando lleguen a grandes, o cuando lleguen a viejos.

Pedimos un leve entremés y dos pequeñas botellitas de champagne. Seguramente luego me darás la mitad de la tuya. Nunca te llevaste demasiado bien con el alcohol

Esa noche cantó Chico Novarro, el eterno cantor melódico que tanto te gustaba. Lo acompañaron tres músicos, un piano, un contrabajo y una guitarra, en un pequeño escenario y con un público de apenas unas cien personas. Lejos habían quedado para él sus shows internacionales con miles de espectadores.

El bueno de Chico alguna vez cantó:

“¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo?”

Y yo, de una manera nada original, mientras bailábamos te susurré la letra al oído.

Recién nos conocíamos; y me aceptaste y te conquisté, si vale la palabra. Aunque eso pasó hace muchos años. Tantos que perdí la cuenta.

Así que me pone muy feliz estar hoy aquí los dos juntos. A luz de la brevedad de la vida ya carecen de sentido las palabras: alejamiento, incomprensión, hastío, desencanto  o divorcio.

 Después de todo,  estamos juntos y celebrando tu cumpleaños.

¿Qué mejor regalo nos pueden hacer  los años?





©2018

viernes, 19 de enero de 2018

SHERATON HOTEL (Viernes Lluvioso)

La tenue luna de septiembre alumbra el cielo del estuario.
Multicolor es el paisaje de este viernes lluvioso.
En algún momento es ligero y otras veces un poco indecoroso.
Hay un escándalo de luz en el acrílico y la multitud que pasa parece encandilada por el resplandor de los escaparates. La gran ciudad abruma con su brillo pero también con la humedad de sus tonos opacos. Relumbra bajo la lluvia el cartel fluorescente en la marquesina de los teatros. Hay muchas puertas con la imagen corpórea de artistas que seguramente serán ovacionados esa misma noche. Los bares incitan al paseante a entrar al refugio de sus mesas. Los oficinistas regresan a sus casas. Los indigentes buscan comida en la basura.
Yo recorro un poco pensativo las cuadras de esta ciudad nocturna que tantas veces he amado. La noche de Buenos Aires suele ser propicia para eso. He venerado tanto a mi ciudad que por momentos me parece que no fuera cierto. Pero también siento que no he sido correspondido y eso también es cierto.
Es una hembra altiva la ciudad, tiene muchos amantes.
Y yo no soy más que uno de ellos.
Pero contigo las cosas son distintas porque sé que me estás esperando allí, en el propio abismo del tiempo. Por eso desando con ansiedad mis pasos en este viernes lluvioso en que voy hasta tu encuentro.
Has elegido el lugar, siempre eliges el lugar del encuentro.
Me aguardas en la suite del hotel más conocido del Retiro. Allí donde la pureza es una referencia constante que lo distingue del resto. Hace tiempo ya que has tomado aquella habitación como nuestra. Y entonces me esperas, en tu magnífica desnudez de mujer, amparada por el contraluz del ventanal y bebiendo de la botellita de champagne del minibar como una diosa pagana, como una diva paciente, como una amante anhelante y cercana.
Te adoro mujer y quiero que lo sepas.
Por ti no sólo recorrería caminando el centro de la ciudad un viernes a la noche. Por ti lucharía con los dragones y atravesaría mil tormentas.
Por ti me gustaría ser poeta.
Aunque ahora me contento con ser el centro de todos tus propósitos y que al llegar te dediques a quitarme lentamente la ropa. A veces hay destellos cuando lo haces. Son los carteles luminosos de una tienda famosa.
Lo primero que te gusta intentar es sacarme la corbata mientras compartes la botellita de champagne en mi boca. Y yo te recorro como un conquistador cansado pero victorioso. El brillo y el resplandor y las luces parecen el trasfondo del escenario de todos los deseos. Me suelo pasar extensos minutos en tus senos, dibujando la curva abismal de tu cadera y luego besándote hasta quedar exhausto.
Afuera la ciudad permanece atenta. Supongo que nos quiere advertir que es mucho más alucinante que nosotros y que jamás, aunque lo intentemos, vamos a liberarnos de ella.
No lo sé.
Yo solo quiero, mujer, que me jures dulces cosas. Que me jures que lo nuestro no pasará, como todo. Quiero que me jures que lo que estamos viviendo es cierto, aunque mañana me olvides, eso no importa.
La tenue luna de septiembre seguirá brillando en el estuario mientras tú me mientas al oído y el paisaje multicolor de la ciudad siga siendo indecoroso.
Júrame que me quieres para siempre.
Miénteme en la agonía de este viernes lluvioso.


©2017




sábado, 13 de enero de 2018

Era Carnaval



Tengo un recuerdo preciso de aquel alocado fin de semana. 
Y lo tengo,  no precisamente por las aristas de su locura, sino por las cosas que en aquel momento en el país pasaban.  Son imágenes precisas  que aún perduran en mi memoria y algunas otras borrosas que no he dejado de recordar. Algunas incluían puntos suspensivos detrás de cada imagen. Otras, en cambio, se reiteraban como en la proyección repetida de un video sin final. 
Todas en mi cabeza y en cada lugar recóndito de mi alma. Todas como en un carrusel, como en una calesita que gira y que gira y que siempre está en el mismo lugar.
Corría el año 1977 y era Carnaval.
Iguales, infinitos e inofensivos resultaban por entonces los rituales del festejo.
Siempre ha sido igual.
Solo que en aquel tiempo soplaban vientos de fronda y nadie sabía muy  bien las cosas que iban a pasar.
Toda mi vida comprendí  que en las noches de viento no conviene echar las penas a rodar. Lo sigo pensando ahora, después que han sucedido tantos hechos dolorosos y arbitrarios y que uno prefiere finalmente olvidar.
En ese entonces éramos dos parejas promediando los veinte  años.
Y era Carnaval.
Arrancamos el viernes a la noche en Ramos Mejía. La oscuridad resultaba un torbellino que nunca parecía llegar a parar. Yo ostentaba ese privilegio terrible de la juventud. Le escapaba al alcohol pero tenía un arsenal de pastillas que me ayudaban a seguir adelante con agitación pero también con soltura y sobriedad.  Y pasamos todo el sábado en Pinar de Rocha y al atardecer repusimos fuerzas durmiendo en el auto y luego fuimos por más.
Nos llegamos hasta Sunset, en Olivos porque era Carnaval.
Y el loco festejo y las ganas de vivir nos embargaban y la locura y la música y la gente danzando al costado de la piscina y todo lo demás.
Luego el sol comenzó a elevarse sobre el Río de la Plata y la verdad es que ninguno de los cuatro disponía de fuerzas para nada más. 
Entonces fui a buscar el auto que estaba cerca de la balaustrada del puerto y de la emblemática parrilla La Nelly y al llegar comencé a escuchar todo tipo de explosiones a mi alrededor. Por momentos pensé que aquel ruido se debía al festejo de la gente pero luego me di cuenta que eran balas que estallaban por todo el lugar.
 Teniendo en cuenta  mi estado físico, y mis casi dos noches sin dormir, en ese momento  sentí que no daba para más.  Me arrojé al piso del Fiat 128 y esperé que las balas terminaran de sonar. Pero para mi sorpresa, en el asiento trasero del auto, una chica acostada y refugiada contra los respaldos me dijo:
–Estoy embarazada. Sacame de acá.
No dudé un momento y junto con  mi aturdimiento y mientras las balan continuaban silbando por el aire  la llevé hasta la avenida Del Libertador y General Paz. Todavía no comprendo la razón por la que no morí. Creo que mi aparición y mi huida no estaban en los planes de nadie, supongo que debe haber sido por eso.
Ella se bajó, con su enorme panza, acaso de ocho meses y desapareció en la oscuridad.     Después  me tocó regresar a Sunset para recoger a mis amigos pero decidí no comentarles nada de lo que había pasado. Estaba temblando por dentro. Y preferí callarme porque casi no podía hablar.
Todo fue demasiado extraño.
Buenos Aires era tan sangrienta como hermosa en ese tiempo y al final los cuatros terminamos desayunando en un bar de la Avenida de Mayo felices de aquella excursión alocada y de nuestras 48 horas sin dormir.
Esto es la sencilla verdad.
No he querido ahondar mucho acerca de otras cuestiones pero tampoco  tiene sentido que diga nada más. No hay historia que no tenga su mensaje hasta dar con la verdadera razón que la encarna.  Aquella noche a la salida de Sunset, cuando fui a buscar mi automóvil a la balaustrada del puerto no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando en mi patria  ni tampoco de lo que después iba a pasar.
La verdad se manifestaba empuñando las armas y la razón era simplemente irracional.
Por eso al terminar el desayuno, alcé los hombros y me volví a mi casa con la intención de olvidar lo que había pasado y de no pensar en nada más.
Me había quedado sin pastillas, estaba muy cansado y era carnaval. 


©2017

sábado, 6 de enero de 2018

La Chica del adiós

            La historia sucedió hace ya bastante tiempo.
Andaba cierta tarde tomando café, sentado en una mesa en la vereda, en un bar intrascendente de la esquina de Carhué y Rivadavia.  Allí giraba velozmente el colectivo 117 y a veces pasaba a un par de metros del respaldo de la silla. Luego doblaba por Carhué para alejarse de Liniers rumbo a mi barrio; algo nada extraordinario, realmente.
Yo venía de un lamentable divorcio y no tenía la menor idea de lo que habría de suceder con mi vida desde esa separación en adelante. En una mesa, al costado de la mía, un grupo de 6 o 7 jóvenes charlaban entre ellos. Eran promotores de la jubilación privada. Promotores de la AFJP, tal como entonces se los llamaba.
La mujer que estaba sentada a mi lado me ofreció los servicios que promocionaba. Tenía simpatía belleza y bondad en la mirada. Y me sonrió, además, con una sonrisa extraordinaria. Ninguna de las mujeres de mi vida lo hizo nunca de ese modo. Pero yo andaba insensible por lo que me había pasado y además, para que negarlo, siempre tuve algo de estúpido en mi vida social. De lo contrario no estaría hablando de ella en tiempo pasado.
Su nombre era Karina. Se explayó durante un rato acerca de las bondades de afiliarse y yo la escuché con atención.  Luego me entregó una tarjeta para que la llamara en caso que decidiera obtener los servicios que ofrecía y eso fue todo entre los dos.
Esa noche, sin embargo, mientras estaba acostado en mi cama, su imagen, su sonrisa y su mirada hicieron algo así como un flash en mi cabeza. Encendí la lámpara de la mesa de luz pero no se prendió, entonces  me puse a tantear la superficie buscando la billetera. Finalmente di con ella y quité la tarjeta para recordar llamarla al día siguiente.
A media mañana lo hice y aceptó mi invitación.
Nos vimos en un bar de la zona de Boedo; estaba sencilla como el día anterior. Le dije que en realidad lo que yo quería era salir con ella pero de todos modos igual terminé por afiliarme a la AFJP. La verdad es que no fui capaz de negarme, Karina cobraba una importante comisión por cada afiliado y a mí me tenía sin cuidado lo que se suele llamar “futuro”.  Siempre ha sido así, jamás pensé en llegar a vivir lo suficiente como para jubilarme. Verme viejo o anciano nunca estuvo en mis planes.
Pasamos tres meses juntos.  
Ella estaba gran parte del día con el grupo de promotores y luego se encontraba conmigo. A la hora del amor, casi siempre al atardecer, íbamos a un hotel de la avenida Independencia al 1400, pleno barrio de Montserrat.
También me gustaba mucho llevarla al cine Arte. Tenía unos doce años más que ella y a veces las funciones eran fabulosas para los dos. Dejaba mi automóvil estacionado a 90º sobre Diagonal Norte y desde allí nos íbamos hasta el cine.
Algo que hoy es totalmente imposible.
Los dos disfrutábamos de los filmes. A veces para mí era un revival y otras veces no, porque tampoco había visto la película. Y así fue que en aquel tiempo vimos juntos, entre otros, a Fellini, Bergman y Antonioni. Y además varios días de la “Semana del cine ruso”. Y al mejor Woody Allen. Finalmente “La Chica del Adiós”, comedia teatral de Neil Simon, adaptada para el cine.
Así estuvimos unos tres meses juntos y ella colmó de ternura mi soledad.
Cierta noche, tomando juntos un café, le dije que tenía una oferta laboral en Bariloche, que acaso era una última oportunidad para mí y que había decidido aceptarla. Karina trató de adaptarse enseguida al proyecto, pero pronto se dio cuenta que no estaba en mis planes.
– ¿Soy la chica del adiós, no es cierto? –dijo mientras me miraba con una sonrisa triste que todavía me hiere. Y yo lo único que supe hacer en ese momento fue acariciar sus manos y besarla.
No soy un hombre que crea en el arrepentimiento. Uno en la vida toma decisiones de acuerdo a la realidad que vive en el momento. Y si supiera lo que luego va a pasar con toda seguridad que  haría cosas diferentes.  Sin embargo siento que jamás debí dejarla. Cometí un grave error y creo que lo he pagado caro.
Hoy no sé por dónde andará Karina. Las AFJP ya no existen y yo me he venido un tipo bastante cercano a lo que se llama viejo. Una burla del destino, por supuesto.
La chica del adiós fue la mujer más dulce que conocí en mi vida.
            Hoy no la tengo conmigo y estoy definitivamente solo.
Creo que me lo merezco.



©2018