domingo, 10 de junio de 2018

Extrañarte


                Extrañarte.
                Que sensación emotiva y poderosa. Jamás la había experimentado. Nunca hasta ahora supe lo que significaba extrañar a nadie. La emoción me envolvió en las gradas de la Costanera Sur de Buenos Aires. Pensé en ti y un alud de recuerdos digitales se derrumbó sobre mi persona   ¿Dónde andarás? ¿Seguirás viviendo en el mismo lugar? ¿Cómo andarán tus cosas? ¿Tendrás un nuevo amor? ¿Serás feliz acaso?
                Recuerdo muy bien cuando fui tu cantor. Recuerdo muy bien cuando te canté como a una lejana musa en aquellos tiempos de la pasión online.
                Vaya uno a saber porqué pasaron esas cosas. Yo estaba muy solo es cierto y tú fuiste mi  lejana ancla a tierra. Sentí devoción por ti. Una devoción inexplicable,  lo acepto. Me puse lírico en el teclado, pero lo hice porque era capaz. No cualquiera hubiera escrito esas cosas. Y hoy ya ves, el tiempo ha pasado y poco a poco va apagando el fuego no solo de las cosas que pasaron entre tú y yo sino de todo lo que ocurre en el mundo.
                Me cuesta pensar que voy a olvidar ese ahogo interior que he sentido al no tenerte más ni en el chat ni en la pantalla. Me cuesta pensar que la palabra imposible será la definitiva e infranqueable barrera entre los dos.
      La tiranía del tiempo me abruma como a un condenado en el cadalso del olvido.
                Entretanto las musas se rebelan.
                Quieren obligarme a poner en el texto palabras como “siempre” y “nunca” y yo no pienso hacerlo. Te llevaré guardada en el corazón el mayor tiempo que pueda, eso puedes darlo por seguro. Pero un día seguramente te voy a olvidar. Y lo haré, como de costumbre, sentado en las gradas de la Costanera Sur de Buenos Aires.


©2018

domingo, 3 de junio de 2018

Mayra y yo


            Sigo todavía en el Bar Imperio del Savoy Hotel.
Aquí suelen venir a beber tragos y copas algunos legisladores del Congreso. Llevan décadas haciendo lo mismo, salvo por supuesto durante los golpes militares. Allá por los años 20, con el hotel recién inaugurado venía muy seguido el presidente Alvear a beber claritos. Un trago especialmente adictivo, con ocho partes de ginebra, una de vermut blanco y otra de limón.
Hoy los presidentes están rodeados de fuerzas de seguridad especiales y no van a beber nada a ningún lado.
             Vivo en el hotel porque la generosidad de mi pensión judicial lo permite.
 Me he retirado a una edad menor al común de la gente. Soy un pensionado joven, si cabe la frase y siempre ha sido un sueño para mí poder vivir en un hotel. Llevo una invicta soltería, salvo por un matrimonio absurdo a fines de los 80s del que me libré gracias a la Ley de Divorcio.
            Mayra suele decir que nunca crecí.
Ella ve la vida a través de los ojos de Lacan. Cuando la visito en su casa, nunca deja de asombrarme la espectacular biblioteca que tiene en el sencillo living que se orienta frente al Jardín Botánico. Mayra no entiende mi obstinada preferencia por las mujeres maduras y dice que todavía estoy a tiempo para buscar a las de menor edad.
                No sé si hablaré de Mayra.
                Aquí en mi país las mujeres jóvenes son todas leonas. Es casi imposible encontrar alguna que no lleve el pelo largo.
                Y en mi caso no suelo tomar claritos, como Alvear.
Los años me han llevado al ron. Disfruto realmente de beberlo. Beber ron es como pasar un rato de esparcimiento y relajo. El ron libera de la cárcel cotidiana y permite sentir que uno forma parte de algo. Pero es una suposición nada más porque hace tiempo que he dejado de creer en nada. Ni siquiera creo que creo en nada.
                Mayra dice que Buenos Aires es intensamente sexual.
                Acaso sea verdad. No tengo una opinión formada. Y también afirma que de tan resplandeciente y hermosa oculta una suciedad impúdica detrás de cada fachada. Ella dice que la ciudad está  herida y no quiere mostrar sus llagas. Es escabroso lo que sucede, Mayra es para mí de todo un poco. Ella es indecente para con mis sentimientos pero también imprescindible y necesaria.
                Allá por el 2012 nos conocimos en una librería de la avenida Callao que ya no existe. Los dos buscábamos libros en un mismo anaquel. Ella bajó un ejemplar de “La Significación del Falo” y al soltarlo me lo pegó en la cabeza. Lo recogí del suelo y se lo entregué no sin antes echar una mirada al singular título del texto. Desde aquel día tanto Mayra como Lacan comenzaron a formar parte de mi vida de una manera  algo inesperada.
                Ella cada tanto viene a mi habitación del hotel y a veces estamos veinticuatro horas encerrados. La desnudez y la locura nos vienen como anillo al dedo. Pero también le gusta desaparecer durante semanas. Simplemente me dice “No me llames” y yo no la llamo. Hasta que cualquier día y por cualquier razón reaparece.
                Dije que no hablaría de Mayra pero no hago otra cosa que nombrarla.
                Desde un principio establecimos como norma de comportamiento  el de no abrumarnos mutuamente y dejar en absoluta libertad al otro. Era una regla de oro para la supervivencia de una pareja como la nuestra.
Yo le llevaba quince años. “Catorce años, dos meses y tres días” solía corregirme con una sonrisa extraordinaria.
En la cama daba la impresión de  tener cuatro manos, todo lo abarcaba. Y yo, naturalmente le retribuía.
Pero no todo es oro y tampoco reluce. El hastío a veces se apodera de mí y entonces siento que mis tardes son vacías y mis noches son vanas. Ni siquiera me consuela caminar por el Centro de la ciudad, algo que siempre he amado con euforia. Por eso conseguí algunas tareas de traductor para un estudio jurídico. Armé, con el consentimiento del hotel un pequeño escritorio a un costado de la entrada.  Les traduzco del inglés y los tipos están contentos, por lo menos eso me dicen. Lo importante es que he bajado mis dosis de Alplax. Ahora siempre corto la pastilla al medio y con eso me alcanza.
A veces, cada tanto, hago algún viaje. Me avergüenza el monto de mi jubilación y el saldo de mi cuenta bancaria. Siento que no lo merezco y trato de gastarlo. Doy buenas propinas y con discreción, cuando puedo, le doy dinero a la gente que pide en la calle. En especial a los viejos y a los borrachos.
Y así pasan mis días en este breve tránsito de luz al que llamamos vida. Luego, ya se sabe, viene un largo, pero muy largo período de eterna oscuridad.
Hoy, sin embargo, es un día especial. Hay una Convención de Psicólogos en el hotel y Mayra piensa asistir. De solo pensar que pasaré la noche junto a ella siento que mi corazón y otras partes de mi cuerpo arden.
Sin embargo todavía no ha llegado, no he tenido la dicha de verla aparecer por la entrada.
Supongo que se le hizo tarde.


©2018

lunes, 28 de mayo de 2018

Mi Obra Maestra

           Mi nombre es Ernesto, tengo 60 años y pronto comenzaré un tratamiento contra el cáncer de próstata. Tal vez por eso me haya puesto a escribir estas líneas pero no estoy muy seguro. Tengo un tumor encapsulado que será sometido a varias sesiones de radioterapia. Mi esperanza de curación es del 97%, al menos eso me ha dicho el médico.
No está mal el porcentaje.
Incluso me ratificó que podré seguir teniendo sexo.
Mi hija me ha dicho de debería estar bailando en una pata ante semejante resultado. Sin embargo yo estoy un poco triste. Incluso por momentos he tenido la intención de ponerme a escribir un diario. Esto de andar golpeando un teclado lo vengo haciendo durante años. Por eso pensé en un diario, en un cuaderno azul de tapas duras donde escribir lo que me pasa.  Ya casi no escribo a mano y mi caligrafía es lamentable.
Lo cierto es que soy un escritor fracasado.
Y eso no debería  ser una novedad para nadie que me haya leído anteriormente. En especial mis lectores de Internet, algunos amigos o  gente más o menos conocida a la que le he hecho llegar alguna de mis cosas. 
Acepto que no soy demasiado original  en lo que digo.
Varias personas que escriben y que conozco podrían suscribir la misma frase. Yo lo acepto con naturalidad. Me puse a escribir tarde, siendo ya bastante grande  y acaso no soy demasiado bueno para estas cosas. Vaya uno a saberlo, la verdad es que no me importa.
Ahora estoy en el bar de la esquina de la clínica, bebiendo a sorbos un café y pensando en las cosas que me han pasado. Acepto todos y cada uno de mis fracasos pero no por eso he dejado de pensar en escribir mi obra maestra, una novela  de trescientas hojas que trate del amor, de la soledad y de la muerte.
Ya ha dejado de interesarme hace mucho tiempo si la lee o no la lee nadie. Simplemente quiero escribirla y saber que pude hacerlo. Es una forma un tanto ingenua de otorgarle algo de sentido a mis años.  
No esperen, sin embargo,  una elegía, un encuentro o un canto a la mujer amada. Eso ya lo llevo escrito con variada suerte. Me gustaría escribir la más humana y la más esplendida de las despedidas. Mi mujer se va y me abandona y yo escribo su alejamiento en primera persona. Y digo, por ejemplo:

“Ella se levantó y la vi cuando se iba. No la recuerdo vistiéndose porque todo me parecía un sueño. Desde esa puerta me miró. El sol daba en uno de los vidrios y por momentos  alumbró sus ojos y su cara.”

Tal vez un día escriba algo así, seguramente podré hacerlo ¿Por qué no?
Ahora simplemente cuando se acabe mi café iré a comprar un cuaderno azul con tapas duras porque no he descartado escribir un diario. La tarde salvaje de Buenos Aires me pasa la mano por el hombro para ofrecerme el bálsamo de una vieja amiga. Ella ha sido mi amante durante muchos años así que le rechazo el gesto.
Un reflejo de increíble belleza resalta, mientras tanto,  el color de los álamos de la plaza.
Tengo una esperanza de curación del 97%.
Debería estar bailando en una pata.


©2018

sábado, 19 de mayo de 2018

Martha


Cuando se tiene un amigo, se tiene un hermano.
                Así me dijiste aquel día al salir del estadio.  La multitud acompañaba nuestros pasos y la tarde era tan diáfana como la luna del barrio. Había, además, una cierta oquedad en el paisaje. El estadio y las calles se iban quedando vacíos y el empedrado de la ciudad de Avellaneda brillaba debajo de la suela de nuestros zapatos.
                Nada te amedrentaba Ricardo, ni siquiera lo cursi y trillada que fuera una frase.
                –Un amigo es un hermano que se elige. –repetías.
                Y todo resultaba  casual entre nosotros. Éramos vecinos y habíamos nacido el mismo día, del mismo año. Simpatizantes del mismo club de fútbol, vivíamos en la misma cuadra y habíamos sido compañeros de banco en la escuela primaria.
                Aunque aquel día, al salir del estadio, los dos contábamos ya con veinte años.
                Y la sombra de Martha nos acechaba.
                Yo la conocí en el baile de la primavera del año 74.  En los bosques del Parque Pereyra Iraola.  Ella era tierna y a la vez sensual, de nariz respingada y de flequillo rubio y lacio. Bailaba las canciones de Los Beatles haciendo ondular su minifalda. Y era tan bella que a veces al mirarla, lastimaba.
                Una tarde le hablé a Ricardo de Martha en el jardín delantero de mi casa.
Los dos bebiendo a la vera del rosal mayor una cerveza que con los años iba a tornarse legendaria. El jardín era amplio y muy cuidado por mi madre. Lo rodeaba un cerco de ligustrina que nos guardaba  de las miradas indiscretas de los que pasaban. En el centro, el camino de baldosas lo separaba en dos partes bien diferenciadas. De un costado, los rosales y del otro los jazmines de Francia.
                Una noche de Carnaval, sin embargo, tuvimos una fuerte discusión con Martha y terminamos separados. Yo acabé bebiendo en una de las mesas del club y ella se la pasó bailando con Ricardo toda la noche. Ya de madrugada, volvimos juntos caminando hasta casa y casi sin decir palabra. Y en mi caso personal, estaba medio borracho y tenía un fuerte dolor en el alma.
                Ricardo me dijo:
                – ¿No te importa si salgo con ella?
                –No –Le contesté- para nada.
                Y así comenzó a pasar el tiempo en aquel Buenos Aires de rock y militancia.
                Ricardo fue sorteado para el Servicio Militar y le tocó hacerlo en la Marina. Dos años rigurosos de milicia y además, en la distancia. Yo me salvé por número bajo pero a él lo enviaron a Puerto Belgrano, en las afueras de Bahía Blanca.
Nos despedimos una tarde en la Estación Constitución. Ricardo partía en aquel tren y yo me quedaba en el barrio, que es como quedarse en la patria. El convoy comenzó finalmente a moverse y entonces nos dimos un abrazo. Y desde el estribo del último vagón me gritó:
– ¡Cuidala mucho por favor! ¡Cuida mucho de Martha!
Hasta que su figura fue haciéndose pequeña en la distancia.
Lo que pasó después no tiene demasiada explicación.
Me reencontré con Martha una tarde de domingo a la salida del cine.  Yo estaba saliendo y ella entraba. Fue en el Cuyo del barrio de Boedo, cuando reestrenaron Submarino Amarillo de Los Beatles.
Me causó tanto impacto volver a verla que tomé un café en el bar de la esquina y me dispuse a esperarla hasta que terminara la función. Cuando salió, acompañada por una amiga, me miró con sorpresa entre la multitud que colmaba la antesala del cine.
– ¿Qué estás haciendo acá? –preguntó.
–Vine a cuidarte. –le dije.
Entonces llevó a su amiga hacia un costado, le comentó algo al oído y la amiga se fue y nos dejó solos entre la gente.
–Mis viejos viajaron a Europa –murmuró– vamos a casa.
Y yo le dije que sí, sin la menor duda, sin el menor remordimiento, sin la menor vergüenza y cargando sobre mis espaldas el futuro peso del arrepentimiento.
Es que Martha era tan bella y los dos éramos tan jóvenes que luego los años me enseñaron  que jamás hubiera podido hacer otra cosa.
Ricardo regresó  cuatro meses después. Era infante de marina y siempre andaba entrenando. Ni bien se enteró, Martha decidió pasar unos días en el campo para no encontrarlo.  A mí me tocó la dolorosa tarea de la simulación. Nos vimos en un bar de la calle principal y me preguntó por ella.
–No sé dónde está. –Le dije– Hace rato que no la veo.
–Le escribí varias cartas –agregó– y no me contestó ninguna.
Después nos separamos y ya no volvimos a encontrarnos durante casi un año. Ricardo regresaba un par de veces por semestre y yo siempre lo evitaba. Martha finalmente viajó al exterior junto a sus padres a instalarse en Europa  y a Ricardo lo dieron de baja justo en la semana de su cumpleaños.
Nos vimos en uno de esos bares que a los dos tanto nos gustaban. No solo era su cumpleaños sino también el mío y la verdad es que lo noté muy cambiado. Más serio, más aplomado. Dos años de milicia cambian a cualquier persona.
Charlamos un largo rato acerca de la vida y de las cosas que nos habían pasado. También acerca del rumbo divergente que iba tomando nuestra existencia. Yo pronto viajaba a Nueva York y el iba a comenzar a trabajar en el negocio del padre.
Nos dimos un abrazo en la puerta del bar y Ricardo, con una mirada extraña, me dijo:
– Cuando se tiene un amigo, se tiene un hermano.
Y les  juro que nunca pude descifrar ni el tono ni la intención de sus palabras.
He pasado la vida sin saberlo y tampoco quise averiguarlo.
Y hoy que han transcurrido tantos años a veces me pongo a recordarlo con un cierto recato. En especial cuando íbamos a la cancha y cuando al salir del estadio las calles se iban quedando vacías y el empedrado de la ciudad de Avellaneda brillaba debajo de la suela de nuestros zapatos.

©2018