jueves, 21 de junio de 2018

Los ojos desangelados de la muerte

Yo no quise envejecer. A mí me tocó envejecer.
Los seres humanos somos prisioneros en el mundo y eso cualquiera lo sabe. Bueno, lo sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente. Por eso me hacen gracia los creyentes. Los veo con la piel arrugada, deteriorados y hasta impedidos de moverse y me dicen que tienen “esperanza” y que el futuro será diferente.
Es muy gracioso escuchar hablar a los creyentes.
Cualquier contacto con la realidad les resulta ajeno, viven en una consideración virtual de las cosas que pasan. Están en una especie de nirvana y parece que se han librado del sufrimiento para siempre.
Este es un mundo cruel, ya lo decía Schopenhauer, porque sabrán que en la secundaria yo leía a Schopenhauer; fue antes de que me enviaran a la Guerra de Malvinas, cosa que ocurrió hace muchos años,.
Este es un mundo cruel, aunque a muchos no les guste lo que digo.
Los seres humanos vagamos por la tierra  sin ton ni son al encuentro de alguien con quien compartir un poco de amor. Claro que a veces lo que llamamos “amor” se mezcla con la lujuria y con el deseo de tener un cuerpo a mano. Otras veces es tan solo la necesidad de posesión de la otra persona. Este hombre es mío, ya me pertenece, he podido enredarlo en la red de mis encantos. Esta mujer es mía, ya me pertenece y cualquier otro que la toque lo mato.
Cosas de los seres humanos.
A mí en particular nunca me ha gustado envejecer.
He tratado de tener cierto glamour y de no venirme viejo. He querido ser siempre como aquel aguerrido infante de marina que fui  hace más de treinta años. Yo hice el servicio militar en mi país y hasta fui a la guerra y arriesgué mi vida por la Patria. Es un privilegio que le cabe a pocas personas. Y sin embargo parece que todo fuera igual para todos. Hubo muchos cobardes en aquel tiempo y una considerable cantidad de acomodados.
Pero lo cierto es que yo volví, junto con mi valentía y con mi ingenuidad a tratar de llevar la vida adelante. Y no puedo evitar decir que tuve demasiados logros. Muchos más de lo que hubiera esperado.
Mi tiempo transcurrió  en esa consecución del dinero, en ese perseguir los mandatos de la sociedad y en el torbellino de los años que se fueron hasta que me fui viniendo viejo. De aquel tiempo de la Música Disco y los DJ ya no me queda más nada, sólo soy un viejo.
Todo ha sido como una tempestad de pasiones, como un relámpago.
Tengo a mano en mi memoria los calendarios, las bifurcaciones del tiempo, la inconstancia y los abecedarios. Cada palabra que dije, cada mujer que abandoné y cada incremento en mi cuenta bancaria.
Las décadas se llevaron mis anhelos junto con mis años.
Y se sabe que todos los seres humanos somos condenados a muerte.
La pena capital pende sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles en el mito griego legendario. Andamos buscando alguien con quien compartir el vino y el pan y nunca lo encontramos. Buscamos sombra en el desierto y tampoco la encontramos. Mientras tanto nos miramos al espejo y el bruñido cristal nos devuelve la imagen del fracaso. Un rostro cambiado por el tiempo, trémulo en su piel ajada y transido por el paso los años.
Yo soy para todos un hombre exitoso.
Tengo mucho dinero, aunque no tuve hijos ni me he casado.  Y cada tanto traigo una mujer a mi casa que suele elogiar mis arrugas “seductoras” pero yo nunca las tomo en cuenta ni les hago caso.
Últimamente me ha dado por el insomnio. Me cuesta dormir antes, después y durante. Y eso es algo inesperado.
Muchas veces despierto (es una manera de decir) con una mujer en la cama y ni recuerdo su nombre y no sé de quién se trata. Luego me miro en el espejo del baño y siento que no soy yo, que es otra persona la que me está mirando.
En fin, supongo que todo esto tendrá una solución.
Cuando volví de la guerra me traje la Browning de 9 mm escondida en los genitales. Los idiotas de los ingleses nunca se dieron cuenta y ahora la tengo guardada en el armario de la sala.
Los ojos desangelados de la muerte están esperando el día que decida utilizarla.


©2018

domingo, 10 de junio de 2018

Extrañarte


                Extrañarte.
                Que sensación emotiva y poderosa. Jamás la había experimentado. Nunca hasta ahora supe lo que significaba extrañar a nadie. La emoción me envolvió en las gradas de la Costanera Sur de Buenos Aires. Pensé en ti y un alud de recuerdos digitales se derrumbó sobre mi persona   ¿Dónde andarás? ¿Seguirás viviendo en el mismo lugar? ¿Cómo andarán tus cosas? ¿Tendrás un nuevo amor? ¿Serás feliz acaso?
                Recuerdo muy bien cuando fui tu cantor. Recuerdo muy bien cuando te canté como a una lejana musa en aquellos tiempos de la pasión online.
                Vaya uno a saber porqué pasaron esas cosas. Yo estaba muy solo es cierto y tú fuiste mi  lejana ancla a tierra. Sentí devoción por ti. Una devoción inexplicable,  lo acepto. Me puse lírico en el teclado, pero lo hice porque era capaz. No cualquiera hubiera escrito esas cosas. Y hoy ya ves, el tiempo ha pasado y poco a poco va apagando el fuego no solo de las cosas que pasaron entre tú y yo sino de todo lo que ocurre en el mundo.
                Me cuesta pensar que voy a olvidar ese ahogo interior que he sentido al no tenerte más ni en el chat ni en la pantalla. Me cuesta pensar que la palabra imposible será la definitiva e infranqueable barrera entre los dos.
      La tiranía del tiempo me abruma como a un condenado en el cadalso del olvido.
                Entretanto las musas se rebelan.
                Quieren obligarme a poner en el texto palabras como “siempre” y “nunca” y yo no pienso hacerlo. Te llevaré guardada en el corazón el mayor tiempo que pueda, eso puedes darlo por seguro. Pero un día seguramente te voy a olvidar. Y lo haré, como de costumbre, sentado en las gradas de la Costanera Sur de Buenos Aires.


©2018

domingo, 3 de junio de 2018

Mayra y yo


            Sigo todavía en el Bar Imperio del Savoy Hotel.
Aquí suelen venir a beber tragos y copas algunos legisladores del Congreso. Llevan décadas haciendo lo mismo, salvo por supuesto durante los golpes militares. Allá por los años 20, con el hotel recién inaugurado venía muy seguido el presidente Alvear a beber claritos. Un trago especialmente adictivo, con ocho partes de ginebra, una de vermut blanco y otra de limón.
Hoy los presidentes están rodeados de fuerzas de seguridad especiales y no van a beber nada a ningún lado.
             Vivo en el hotel porque la generosidad de mi pensión judicial lo permite.
 Me he retirado a una edad menor al común de la gente. Soy un pensionado joven, si cabe la frase y siempre ha sido un sueño para mí poder vivir en un hotel. Llevo una invicta soltería, salvo por un matrimonio absurdo a fines de los 80s del que me libré gracias a la Ley de Divorcio.
            Mayra suele decir que nunca crecí.
Ella ve la vida a través de los ojos de Lacan. Cuando la visito en su casa, nunca deja de asombrarme la espectacular biblioteca que tiene en el sencillo living que se orienta frente al Jardín Botánico. Mayra no entiende mi obstinada preferencia por las mujeres maduras y dice que todavía estoy a tiempo para buscar a las de menor edad.
                No sé si hablaré de Mayra.
                Aquí en mi país las mujeres jóvenes son todas leonas. Es casi imposible encontrar alguna que no lleve el pelo largo.
                Y en mi caso no suelo tomar claritos, como Alvear.
Los años me han llevado al ron. Disfruto realmente de beberlo. Beber ron es como pasar un rato de esparcimiento y relajo. El ron libera de la cárcel cotidiana y permite sentir que uno forma parte de algo. Pero es una suposición nada más porque hace tiempo que he dejado de creer en nada. Ni siquiera creo que creo en nada.
                Mayra dice que Buenos Aires es intensamente sexual.
                Acaso sea verdad. No tengo una opinión formada. Y también afirma que de tan resplandeciente y hermosa oculta una suciedad impúdica detrás de cada fachada. Ella dice que la ciudad está  herida y no quiere mostrar sus llagas. Es escabroso lo que sucede, Mayra es para mí de todo un poco. Ella es indecente para con mis sentimientos pero también imprescindible y necesaria.
                Allá por el 2012 nos conocimos en una librería de la avenida Callao que ya no existe. Los dos buscábamos libros en un mismo anaquel. Ella bajó un ejemplar de “La Significación del Falo” y al soltarlo me lo pegó en la cabeza. Lo recogí del suelo y se lo entregué no sin antes echar una mirada al singular título del texto. Desde aquel día tanto Mayra como Lacan comenzaron a formar parte de mi vida de una manera  algo inesperada.
                Ella cada tanto viene a mi habitación del hotel y a veces estamos veinticuatro horas encerrados. La desnudez y la locura nos vienen como anillo al dedo. Pero también le gusta desaparecer durante semanas. Simplemente me dice “No me llames” y yo no la llamo. Hasta que cualquier día y por cualquier razón reaparece.
                Dije que no hablaría de Mayra pero no hago otra cosa que nombrarla.
                Desde un principio establecimos como norma de comportamiento  el de no abrumarnos mutuamente y dejar en absoluta libertad al otro. Era una regla de oro para la supervivencia de una pareja como la nuestra.
Yo le llevaba quince años. “Catorce años, dos meses y tres días” solía corregirme con una sonrisa extraordinaria.
En la cama daba la impresión de  tener cuatro manos, todo lo abarcaba. Y yo, naturalmente le retribuía.
Pero no todo es oro y tampoco reluce. El hastío a veces se apodera de mí y entonces siento que mis tardes son vacías y mis noches son vanas. Ni siquiera me consuela caminar por el Centro de la ciudad, algo que siempre he amado con euforia. Por eso conseguí algunas tareas de traductor para un estudio jurídico. Armé, con el consentimiento del hotel un pequeño escritorio a un costado de la entrada.  Les traduzco del inglés y los tipos están contentos, por lo menos eso me dicen. Lo importante es que he bajado mis dosis de Alplax. Ahora siempre corto la pastilla al medio y con eso me alcanza.
A veces, cada tanto, hago algún viaje. Me avergüenza el monto de mi jubilación y el saldo de mi cuenta bancaria. Siento que no lo merezco y trato de gastarlo. Doy buenas propinas y con discreción, cuando puedo, le doy dinero a la gente que pide en la calle. En especial a los viejos y a los borrachos.
Y así pasan mis días en este breve tránsito de luz al que llamamos vida. Luego, ya se sabe, viene un largo, pero muy largo período de eterna oscuridad.
Hoy, sin embargo, es un día especial. Hay una Convención de Psicólogos en el hotel y Mayra piensa asistir. De solo pensar que pasaré la noche junto a ella siento que mi corazón y otras partes de mi cuerpo arden.
Sin embargo todavía no ha llegado, no he tenido la dicha de verla aparecer por la entrada.
Supongo que se le hizo tarde.


©2018

lunes, 28 de mayo de 2018

Mi Obra Maestra

           Mi nombre es Ernesto, tengo 60 años y pronto comenzaré un tratamiento contra el cáncer de próstata. Tal vez por eso me haya puesto a escribir estas líneas pero no estoy muy seguro. Tengo un tumor encapsulado que será sometido a varias sesiones de radioterapia. Mi esperanza de curación es del 97%, al menos eso me ha dicho el médico.
No está mal el porcentaje.
Incluso me ratificó que podré seguir teniendo sexo.
Mi hija me ha dicho de debería estar bailando en una pata ante semejante resultado. Sin embargo yo estoy un poco triste. Incluso por momentos he tenido la intención de ponerme a escribir un diario. Esto de andar golpeando un teclado lo vengo haciendo durante años. Por eso pensé en un diario, en un cuaderno azul de tapas duras donde escribir lo que me pasa.  Ya casi no escribo a mano y mi caligrafía es lamentable.
Lo cierto es que soy un escritor fracasado.
Y eso no debería  ser una novedad para nadie que me haya leído anteriormente. En especial mis lectores de Internet, algunos amigos o  gente más o menos conocida a la que le he hecho llegar alguna de mis cosas. 
Acepto que no soy demasiado original  en lo que digo.
Varias personas que escriben y que conozco podrían suscribir la misma frase. Yo lo acepto con naturalidad. Me puse a escribir tarde, siendo ya bastante grande  y acaso no soy demasiado bueno para estas cosas. Vaya uno a saberlo, la verdad es que no me importa.
Ahora estoy en el bar de la esquina de la clínica, bebiendo a sorbos un café y pensando en las cosas que me han pasado. Acepto todos y cada uno de mis fracasos pero no por eso he dejado de pensar en escribir mi obra maestra, una novela  de trescientas hojas que trate del amor, de la soledad y de la muerte.
Ya ha dejado de interesarme hace mucho tiempo si la lee o no la lee nadie. Simplemente quiero escribirla y saber que pude hacerlo. Es una forma un tanto ingenua de otorgarle algo de sentido a mis años.  
No esperen, sin embargo,  una elegía, un encuentro o un canto a la mujer amada. Eso ya lo llevo escrito con variada suerte. Me gustaría escribir la más humana y la más esplendida de las despedidas. Mi mujer se va y me abandona y yo escribo su alejamiento en primera persona. Y digo, por ejemplo:

“Ella se levantó y la vi cuando se iba. No la recuerdo vistiéndose porque todo me parecía un sueño. Desde esa puerta me miró. El sol daba en uno de los vidrios y por momentos  alumbró sus ojos y su cara.”

Tal vez un día escriba algo así, seguramente podré hacerlo ¿Por qué no?
Ahora simplemente cuando se acabe mi café iré a comprar un cuaderno azul con tapas duras porque no he descartado escribir un diario. La tarde salvaje de Buenos Aires me pasa la mano por el hombro para ofrecerme el bálsamo de una vieja amiga. Ella ha sido mi amante durante muchos años así que le rechazo el gesto.
Un reflejo de increíble belleza resalta, mientras tanto,  el color de los álamos de la plaza.
Tengo una esperanza de curación del 97%.
Debería estar bailando en una pata.


©2018