martes, 13 de febrero de 2018

El Cielo

                El día que murió tu padre yo estaba en la ciudad de Rosario haciendo no sé qué cosa. Recuerdo vagamente haber ido a dar una conferencia que luego se suspendió por falta de público. La verdad es que no pasaba por mi mejor momento en aquel año. Me llamaste llorando de tal modo que no pude evitar conmocionarme.  Así que decidí abandonar todo y viajar de regreso a Buenos Aires.
Llevábamos ya casi cinco años divorciados.
Tú te habías vuelto a casar con un cirujano y el estúpido andaba ahora  con su velero y dos amigos en medio del Atlántico. Seguramente le llevaría varios días llegar hasta la costa. Yo en cambio estaba solo y de desastre en desastre. Además, con nuestros dos hijos en Europa sentí que para mí era una obligación viajar y acompañarte.
Cuando llegué traté por todos los medios de evitar mirar a tu padre en el cajón pero no pude lograrlo. Siempre he detestado estas ceremonias de la muerte. El velorio, el olor a flores y toda su pompa y en especial el muerto y los  despojos pálidos e irreconocibles que están allí dentro. Una triste y siniestra caricatura de lo que alguna vez hemos sido y que ya no seremos jamás.
De todos modos a mí me costó reconocerte en el dolor.
Guardaba tu dura imagen de los últimos años que vivimos juntos. Atesoraba aquella impiedad así como la reiteración de mis errores. Pero claro, la finitud temporal doblega el ánimo y la mente de cualquiera.
Cuando regresamos del entierro me pediste que te quedara a acompañarte. La casa alejada en la que vivías te abrumaba un poco.  El cirujano detestaba el Centro y  prefería esas viviendas con parque y piscina.
Así que aquella noche dormí en un sillón de cuero argentino que era casi tan grande como una cama de una plaza y luego, cuando bajaste de tu dormitorio, desayunamos juntos. Preparé el café para los dos, igual que antes, pero nunca imaginé verte así.
Estabas tan dolida y tan frágil como jamás lo habría imaginado.
Más tarde te acompañé  al Cementerio para dar por cumplido algunos trámites y luego regresamos a tu automóvil caminando entre las tumbas. Después nos sentamos en el banco de un parque cercano.
–Tú y yo –susurraste- no debimos habernos separado.
–Por favor, -le dije- ya no hablemos del pasado.
Entonces ella bajo la cabeza lentamente y me sentí algo culpable.
–Hagamos una cosa –le propuse– elijamos un tema.  Como cuando éramos novios y solamente hablábamos de eso. Teníamos un pacto ¿Te recuerdas? Y nos pasábamos horas conversando ¿De qué quieres hablar?
Ella levanto la cabeza, pensó por algunos instantes y me dijo:
–Del cielo, quiero hablar del cielo. Donde se fue mi papá.
Así que en aquella mañana tan especial y tan fresca y al amparo de la brisa que suele venir del río comenzamos a hablar del cielo.
Yo  dije que me parecía que el cielo era un concepto, algo que imaginan las religiones para consuelo de los que quedamos vivos, un supuesto lugar, o un no-lugar, para ser más estrictos, donde moran las almas de los que se han ido.
Ella me contradijo y me dijo que el cielo era real. Y que como suelen decir los nominalistas, si algo tiene un nombre entonces es cierto. También argumentó algunos conceptos místicos y hasta citó a Swedenborg cuando decía que el cielo era más preciso y nítido que la tierra. Que las formas, los objetos, las estructuras y los colores son más complejos y mucho más vívidos y reales que acá.
–Eso me gusta mucho. –le dije– No me agrada pensar que los muertos andan flotando en las nubes por el aire.
–Allí está mi padre ahora. En un cielo como el de Swedenborg. –afirmaste.
Y luego nos despedimos y cada uno fue en la dirección de sus cosas.
Esto pasó hace bastante tiempo.
Uno de nuestros hijos regresó luego a Buenos Aires y el otro siguió viviendo en Rotterdam. Tú te separaste del cirujano y cargaste con un nuevo divorcio. Y yo seguí con mis asuntos literarios y me vine un tipo grande con el pelo gris y lleno de canas.
Sin embargo, cada tanto, vuelve a mi cabeza el rumor, el pensamiento sutil y abrumador de las cosas que vivimos.  De aquello que no fue y de aquello que pudo haber pasado. Y resuena tu frase en la mañana del parque.
–Tal vez no debimos habernos separado.


©2018

16 comentarios:

  1. Una historia humana, filosófica y mística. Discernir sobre la existencia o no del cielo, siempre resulta gratificante, aunque no se crea en ello. La imagen de los muertos flotando en las nubes, además de literaria, es muy humorística. Disfruté la historia, me dejó pensando. Un abrazo, Néstor tan querido. Uno bien fuerte. SOFIAMA

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    1. Me gusta que me abraces fuerte. Estoy bien de los huesos. :) Gracias por visitar el blog Sofy. Beso grande.

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  2. Que belleza y cuánta nostalgia en esta historia. Y también tristeza Nes. Cuando terminé de leerlo me dejó triste.

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  3. Melancolía de lo que pudo ser y no fue... Bellísimo relato, Néstor.

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  4. Muchas gracias Marta. Me pone muy feliz tu visita y el comentario. te mando un cariño grande.

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  5. Nostálgico Nestor y es que a veces no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde.
    Un abrazo

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    1. Gracias Conxita por visitar el blog. Espero que no estés pasando mucho frío. otro abrazo.

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  6. Espléndido, Néstor, una maravilla de relato. Los diálogos son tan adecuados a las circunstancias que forman como un solo bloque con el resto del texto. Son pocos y con las palabras tan medidas que a uno le parece que si cambia o elimina una, todo se viene abajo. Te felicito, Néstor, me encantó, un relato para aprender, para releer, desde el título hasta la última frase. Un abrazo grande.
    Ariel

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  7. Gracias Ariel por tan generosos elogios. Un abrazo.

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  8. Impecable historia acerca de las inestables relaciones actuales entre las personas. Conflictos, separaciones, divorcios. Muy bueno Néstor.

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  9. Gracias Graciela. Eres muy amable. Un abrazo.

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  10. Una historia buen expresada acerca de realidades humanas que a muchos nos toca vivir

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  11. Melancolia,... lo que pudo haber sido y no fue,... intentar arremeter contra el pasado,... es tan inutil como cornear una pared de cemento. Me ha encantado Nestor, especialmente y como casi siempre en tus relatos ese tono intimista que tanto me gusta.

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    1. Gracias Norte. Es para mí una gran alegria que te guste lo que escribo.

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