domingo, 9 de julio de 2017

Parque Lezama


            Cae la tarde en el Parque Lezama.

Sentado en un banco de madera sobre la barranca de Paseo Colón, miro hacia el cielo de oriente y las sombras invaden la intemperie del río. Es un negro piadoso, un azul oscuro que recorre las casi centenarias fachadas italianas del lado par de la avenida.

Siempre he sentido  una fuerte nostalgia cuando estoy en el Bajo.

Lo mismo me pasa del lado de Leandro Alem y la Recova. Es algo indeterminado, pero muy profundo y que tal vez no sepa explicar bien. Existe un abismo debajo de la barranca. Una especie de despeñadero fantasmal de los siglos que pasaron; algo intangible que mezcla a don Pedro de Mendoza y a los inmigrantes que vinieron después desde muy lejos. A mis espaldas, el templete grecorromano, el sendero de copones y de jarrones de mármol y la estatua de Diana Fugitiva.

Por momentos siento que el precipicio de mi vida se esconde tras la barranca.

Aquí en el Parque Lezama, en un banco igual a este, Sábato imaginó a su Alejandra. Creo recordar que en el libro, ella estaba sentada junto a la estatua de Ceres y el banco no era de madera sino de cemento armado. La verdad es que no sé muy  bien dónde se encuentra la estatua de Ceres. El parque Lezama es tan grande como mi desconsuelo.

En medio del paisaje se acerca una muchacha, es joven, bella y algo pálida. Me pide que me aleje hasta el extremo del banco con un cierto desparpajo. Carga con un par de bolsos grandes. Enseguida noto que no es pálida sino que tiene un cosmético claro en la cara. Deposita los dos bolsos en el banco, y yo quedo confinado en el extremo. Luego comienza a maquillarse. Ella es increíblemente joven. Supongo que debe tener algo más de veinte años.

-¿Cómo te llamas? –le digo.

- Alejandra –contesta.

Comienza a sacar prendas negras de uno de los bolsos.

De manera instantánea pienso en el personaje de Sábato, pero no se lo menciono. Me parece tan joven que supongo que no sabe nada de los héroes y las tumbas. 

-Este banco es mío, –dice- no sé cómo te has atrevido a ocuparlo.

Ella sonríe y yo también.

Toma asiento entre los bolsos y para mi estupor se quita la pollera y comienza a ponerse una especie de pantalón  de cuero negro ajustado al cuerpo. Por momentos la escena me parece irreal. La miro sin decir palabra y ella se pone de pie y comienza a apretar la malla contra su piel. Estira la pierna derecha y la apoya en el banco y, luego, hace lo mismo con la izquierda. Vuelve a sentarse. Claramente no es un pantalón y sus dos largas piernas quedan enfundadas en el cuero negro.

-¿Qué está pasando? –digo.

-¿Te sorprende? –contesta.

En realidad, más que sorpresa es una cierta admiración lo que siento al mirarla. No le respondo y dejo que siga. Se quita la blusa y el sostén; y ante mi desconcierto, se pone una especie de marinera, también de cuero negro y  después un enorme cinturón oscuro con una hebilla grande y plateada. Finalmente se calza botas con taco largo.

-¿Se puede saber qué pasa? –insisto.

-Nada del otro mundo –dice.  Trabajo de estatua y suelo venir a este banco porque casi nunca hay nadie aquí sentado y, además, cuando me cambio, me protegen de las miradas indiscretas los árboles de la barranca. ¿He sido clara?

El cielo ya estaba oscuro por completo en el Parque Lezama, pero las fuertes luces del sendero parecía que lo ignoraban. Alejandra terminó de vestirse y empezó a pasarle a la ropa una especie de polvo que la opacaba.  Más tarde, intensificó el maquillaje y al final se puso una especie de antifaz negro  con pequeñas lentejuelas alrededor de la cara.

Ella también era una luz en el paisaje, y yo no podía quitarle la mirada.

-¿Y de qué te disfrazaste? –pregunté.

-De Gatúbela. ¿No se nota? Es mi mejor caracterización. Hoy es sábado y me quedaré hasta muy tarde.

La frase me hizo sentir en ese momento todo el poder de la edad que tenía. Años muy largos pasaron desde la última vez que vi a Batman,  y  Gatúbela no estaba en mi registro visual de tipo grande.

Cuando Alejandra terminó de vestirse de estatua, quedó perfecta.

Ella me dijo que era “gótica” y yo asentí con la cabeza, pero no tenía la menor idea de  qué me hablaba.

-Llegué a este arte porque toda mi vida fue gótica –dijo.    Siempre me ha gustado usar ropa oscura y lucir prendas muy sensuales;  ahora las uso cuando trabajo en el parque.

Lo cierto es que ella iluminó mi oscuro atardecer justo cuando más sombrío me encontraba. Alejandra tomó  los dos bolsos y pareció dispuesta a irse, entonces me ofrecí  a ayudarla. Juntos atravesamos los senderos de tierra, rodeamos el anfiteatro y  llegamos al Bar Británico, donde ella guardaba sus cosas. Allí le dieron un pequeño pedestal negro al que se subía para su trabajo, y regresamos a la zona del templete griego donde se hallaban las verdaderas estatuas.  Luego eligió el lugar en que se cruzaban cuatro senderos y donde transitaba más gente.  Mientras caminábamos, me dijo que tenía la ilusión, algún día, de hacer la estatua de Diana y  no supe qué contestarle.

-Bueno – dijo- gracias por ayudarme. Enseguida voy a concentrarme y a relajarme para hacer bien mi trabajo y ya no hablaré por muchas horas.

-¿Puedo volver y ayudarte el sábado que viene? –dije.

Alejandra me miró algo extrañada.

-¿Por qué no? Me gustaría que vinieras.

Me dio un beso en la mejilla y se subió a su pedestal.  Me alejé caminando para el lado de Paseo Colón, donde había dejado mi automóvil; después de algunos metros giré para saludarla, pero ella no lo notó. Tenía los ojos cerrados, supongo que para concentrarse;  me alcé de hombros y caminé hacia el auto. Me tocaba regresar y atravesar las calles y avenidas de esta loca ciudad mundana.

La noche ya no era tan oscura en el Parque Lezama.


©2017

18 comentarios:

  1. Sublime historia, amigo querido. La dibujas como un surrealismo extraño siendo, a la vez, tan real. De ahí que podríamos decir que estás creando un nuevo género literario tan peculiar como la figura retórica del oxímoron. Maravillosamente contada, con ese dejo de quietud y observación del hombre experimentado que hay detrás del GRAN escritor. Es un deleite para mi alma; sinceramente, así lo viví al leerte. Un abrazo eterno y sentido que te rompa los huesitos. SOFIAMA

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  2. Gracias Sofy, corazón, por este hermoso comentario. Tu sabes que suelo ser un escritor realista, alejado del surrealismo. Sin embargo tienes razón. Hay algo surreal en esta historia. Hay algo "surreal-real" de allí tu atinado comentario acerca de un cierto oximorón, digamos, temático. Respecto de que haya sido un deleite para tu alma, nada me pone más feliz. Viniendo de una escritora y catedrática de tu nivel es un honor. En cuanto al abrazo que me rompa los huesos (y ya que de oximorón estamos), para mi será un doloroso deleite, no lo dudes.

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  3. Esta historia me ha parecido muy original. Y te juro que desde acá, desde tan lejos, he vuelto a caminar por el parque. Gracias Nes, siempre vuelo con la imaginación cuando te leo. Muchos besos. (acá en la sierra no para de llover.)

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    1. Gracias Carli. ¿Y que te dice la imaginación? ¿Habré conocido de verdad a la "chica estatua"? Pero no pidas que yo te lo diga :) Otro beso para vos y espero que pare de llover allá en tus lares.

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  4. Graciela Di Marco9 de julio de 2017, 16:39

    Siempre tuve en mi corazón el recuerdo del parque Lezama y leer este cuento me trajo muchos recuerdos. Me gusto muchoi y tiene como algo de magia el encuentro con esa chica estatua.

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  5. Me gusta lo de la "chica estatua". Es sorprendente lo que hace esa gente. Y la determinación que tienen de estar tantas horas quietos. Me alegra que te haya gustado el texto!

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  6. Te diré algo. Me gustó mucho lo de Gatubela. Pienso que eso es lo que nle da el toque surrealista a la historia. Acá desde lejos también me gustó volver a imaginarme el Parque Lezama de mi colegio secundario. Es un gusto tu blog.

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    1. Gracias Daniel, sos muy amable. Un fuerte abrazo.

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  7. Corto pero contundente relato que para mi tiene más de realismo mágico que de surrealismo. Me encanta como siempre la capacidad de meter al lector dentro de la historia tan rápidamente. Genial

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  8. Gracias Lili. Sos muy amable. En realidad la historia es real y de ese modo he querido contarla. Tal cual como suele ser mi estilo. Es que no tengo otra manera de expresarme. Me gusta de ese modo. Sucede que una "mujer estatua" y además disfrazada de "Gatúbela" irrumpiendo un anochecer en el parque seguramente puede ser algo mágico.Un beso. Me alegra mucho que te haya gustado.

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  9. Eytán Lasca-Szalit14 de julio de 2017, 1:50

    Misteriosos personajes y lugares en la misteriosa Buenos Aires. Me gustó mucho.

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    1. Es cierto Eytán. Hay mucho de misterio en el Parque Lezama. Un abrazo.

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  10. Que bueno Diego. Un comentario breve, lacónico pero muy elogioso. :) :) :) Se agradece mucho.

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  11. Gracias, Néstor, un relato muy agradable, a mi entender, muy bien escrito, tanto es así, que por momentos me parecía que fuera real. Me gustó mucho leerlo e imaginarme la escena en Parque Lezama

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  12. Gracias a vos Guille, por leer y comentarme. Digamos que lo sucedido fue un poco mágico y otro poco real. Te mamdo un fuerte abrazo.

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  13. Brillante, Néstor, un relato que tiene todos los condimentos de tu prosa. De un suceso cotidiano, como la aparición de las estatuas vivas que solemos ver en diversos sitios de esta ciudad, sacás un texto admirable, situando la escena en parque Lezama, haciendo un guiño a Sabato, tejiendo una trama deslumbrante, como un mago que saca palomas de la galera.
    Tu forma de contar siempre atrapa, encandila, uno no puede dejar de leer hasta que no se encuentra con el punto final.
    Un abrazo, Néstor.
    Ariel

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  14. Que bueno Ariel. Me alegra que te haya gustado. Lo de las estatuas humanas surgió en medio del cuento. Yo lo había comenzado con la intención de poner en primer plano tanto el parque como la soledad del hombre que relata y luego irrumpió la muchacha- Es como en la vida. Nunca sabe uno lo que va a pasarle. Gracias por los elogios. Un abrazo.

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