“Ya no recuerden el pasado.
Ni traigan a la memoria las cosas del ayer.”
Isaías 43:18
El último fin de semana, me sucedió algo
bastante especial. Una de esas cosas que le pasan a la gente muy de tanto en
tanto. Yo había ido a pasar el día domingo a un campo cercano a la localidad de
Marcos Paz. Lo hice, invitado por algunos amigos y con el afán de olvidarme,
por un rato, de la dureza del asfalto de esta ciudad que amo y que, a veces, me
abruma de tanto amor que le profeso.
Marcos Paz tiene un fuerte significado
para mí: cuarenta años atrás, siendo un jovencito, había pasado allí un
invierno inolvidable, producto, un poco, de las circunstancias y también de los desatinos financieros de mi padre.
Aquel día viajé en el
auto de uno de mis amigos y al transitar por la Ruta 200 vinieron a mi mente
algunos lejanos recuerdos que, enseguida, comenté entre el resto de los
pasajeros. Muchos de esos recuerdos se encontraban perdidos como en un viejo
rincón de la memoria, pero otros me resultaban nítidos y reales. Mis compañeros
de travesía se sorprendieron por su abundancia.
–Cuarenta años es mucho
tiempo – dijo mi amiga Valeria.
–Según cómo lo mires–
respondí.
Corrían las horas cercanas
al mediodía de un tibio domingo de Agosto, y estábamos, en cierto modo,
felices. Valeria me comentó, con algo de melancolía, que su padre estaba
perdiendo la memoria de los hechos recientes. Sufría de un Alzheimer que
avanzaba a pasos agigantados y casi no recordaba lo sucedido el día anterior.
El pasado lejano, sin embargo, lo recordaba hasta en sus más pequeños detalles.
Toda una singularidad que convocaba al asombro.
–Cuando lleguemos al campo –
dijo Valeria con una mirada cómplice – voy a mostrarte algo que te va a
sorprender.
Seguimos desandando la ruta
y, al final, llegamos a destino, para ello, atravesamos el casco principal de
la ciudad y tomamos un camino de tierra para fastidio del conductor del
vehículo. El sol estaba luminoso, casi en el Cenit, y los pájaros volaban sobre
nuestras cabezas. El verde, además, se extendía por todas partes.
Más tarde, llegó el otro
automóvil.
Éramos, en total, unas diez
personas, todos de una cierta edad madura: algunos matrimonios, otros solos y recién
divorciados y toda la fauna habitual de principios del siglo XXI, en la ciudad
de Buenos Aires. Comimos carne asada, naturalmente y en mi caso personal, bebí
un vino blanco casero de color muy claro que elaboraban los dueños del lugar.
Lo hacían con vides de uva chinche que ellos mismos plantaban y los peones lo
llamaban “Agüita de Dios”. El color era claro pero el vino tenía un sabor muy
fuerte.
A los postres algunos
salimos a caminar, y otros prefirieron montar a caballo. Valeria, sin embargo,
me apartó del resto y me dijo:
–Vamos a conocer el galpón
de los recuerdos.
La acompañé, provisto de una
cierta intriga y caminamos unos trescientos metros, atravesando un pequeño monte
de eucaliptos y de álamos. Mientras caminábamos, Valeria comentó que el galpón
estaba igual que a finales de los sesenta cuando ella era una niña y que,
luego, nadie lo había tocado. Sólo le agregaban, cada tanto, alguna cosa, algún
utensilio, algún mueble, algún arado obsoleto que, luego, permanecía en su
lugar por los años de los años.
Cuando llegamos, lo vi y me
impresionó. Calculé que la construcción tenía, por lo menos, un siglo de
antigüedad. Me hizo recordar, de algún modo, a las estructuras de metal que –a
veces– había visto en el interior del Uruguay, pero que por aquí eran casi
inhallables. Valeria quitó una traba oxidada y empujó, como pudo, una gran
puerta de madera y de chapa. La ayudé apoyando mi mano; la puerta se corrió
como pudo, haciendo un chirrido desagradable. Entramos. Se percibía en el
ambiente un cierto olor avinagrado de humedad, y la luz era muy escasa. No supe
calcular, en un primer momento, su extensión, pero pensé que tenía media cuadra
de largo. En un principio, noté algunos utensilios para trabajar la tierra.
También, vi una máquina de coser, una plancha a carbón y algunas mesas muy
deterioradas. Luego, nos encontramos con un mueble repleto de antiguas muñecas
abandonadas y percibí que Valeria se ponía algo alterada.
–Eran de mi tía abuela– susurró. Las
recuerdo muy bien.
Al notar que temblaba, le
tomé la mano. Seguimos caminando en una especie de pasillo central, rodeados de
aquellos objetos del pasado, hasta que la oscuridad se fue haciendo muy
intensa, y ya casi no veíamos nada. En un costado, sin embargo, y justo donde se filtraba un fino rayo de luz entre las rendijas del techo de chapa, noté un
retrato de mi padre junto a su camión y conmigo –recién nacido– en sus brazos.
Aquello me afectó profundamente. ¿Qué hacía en aquel lugar ese retrato de mi
padre? ¿Qué extraña coincidencia lo había provocado? No sabía bien qué pensar.
Me adelanté solo en el galpón y solté la mano de Valeria. La oscuridad se fue
haciendo casi completa, pero al acercarme al retrato me pareció que
desaparecía. La cuestión volvió a afectarme. Dudé por unos instantes y hasta
pensé que estaba bajo los efectos de aquel vino tan claro que había bebido en
el almuerzo, pero luego, vi el jardín de la casa de mi abuelo, los globos de
goma del kiosco del griego, la seda carmín del disfraz de carnaval y la primera
pelota de fútbol de mi niñez y entonces me quedé pasmado.
–Son mis recuerdos –
pensé– por alguna razón están todos aquí.
Los ojos se me llenaron
de lágrimas. Luego vi aparecer como en un calidoscopio el fin de mi niñez, mi
pubertad y mis primeras vacaciones en el mar. Vi, también, a mi madre llena de
juventud y comencé a retroceder, lentamente, porque estaba abrumado y ya no
deseaba ver más nada. No sé cuánto tiempo pasó; tal vez, fueron algunos
segundos; tal vez, un rato largo, pero terminé tropezando con Valeria y me
detuve.
– ¿Qué sucede? –preguntó.
¿Te pasa algo?
–Quisiera salir – respondí
en lo oscuro. Creo que me falta el aire.
Regresamos los dos con el
resto de la gente y así fueron transcurriendo las horas de nuestro día en el
campo Me fui reponiendo bastante bien de la experiencia vivida y pude conservar
la compostura, ante el resto de la gente, pero con Valeria casi no volví a
cruzar palabra.
Una vez en casa, me duché y
traté de olvidar lo que había pasado, pero el transcurrir de las horas trajo el
lunes y junto con eso el comienzo de la semana. Fueron tres o cuatro días de
incertidumbre, hasta que Valeria me llamó por teléfono diciendo que deseaba
verme.
Nos encontramos en una
confitería del Centro de la ciudad. Ella estaba radiante, se notaba que le
había sentado muy bien su reciente divorcio. Charlamos un rato de cosas
circunstanciales hasta que le dije:
– ¿Valeria, para qué me
llamaste?
–Deseaba hablarte – dijo– de lo
que pasó el domingo en el galpón. Me quedé muy preocupada.
– ¿A vos también te pasó no?
–Comenté, por lo bajo.
–Es verdad –dijo– a mi me sucedió lo mismo el
año pasado. Estaba pasando una crisis personal y entré con el afán de encontrar
recuerdos del pasado. Ese campo en su momento fue propiedad de uno de mis
abuelos y de dos de sus hermanos. Yo buscaba cosas de mis primas y de mi madre
y, de repente, un alud de recuerdos comenzó a desfilar ante mis ojos. Estaba
sola en el galpón, casi no lo resisto porqué tardé en retirarme. Lloré durante
un día entero y, luego, replanteé mi vida por completo. He llevado algunas personas,
antes a repetir la experiencia, pero a ninguna le hizo tanto efecto como a vos.
–No sé qué decirte –comenté– no
tengo una opinión formada. Esto ha sido algo tan fuerte para mí que pienso que seré
incapaz de manejarlo. Voy a tratar, simplemente, de olvidarlo.
– No creo que puedas hacerlo
–replicó– Te ruego que me permitas el beneficio de la duda. Esa tarde del
domingo forma parte ya de tus recuerdos y también de los míos, no creo que
podamos olvidarlo.
Dicho lo cual, se levantó y se
retiró luego de darme un beso.
Yo me quedé un rato más
en el lugar y después regresé a mi casa.
Los días y las semanas
comenzaron a transcurrir porque si hay algo seguro en la vida es que el tiempo transcurre
y pasa. Y hasta sucedió que mis amigos me volvieron a invitar a pasar otro
domingo en el campo. Invitación que rechacé de una manera amable porque por
ahora no estoy dispuesto a regresar al galpón de los recuerdos. Aunque a veces,
se los juro, cuando me quedo solo en mi casa en esas tardes quietas de domingo
y de lluvia y me miro en el espejo con la mirada triste y recordando el pasado,
siento unas enormes e incontenibles ganas de volver a visitarlo.
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