martes, 16 de abril de 2019

Nunca conocí al Padre Mugica


Anoche estuve viendo en la TV por cable un programa que trataba acerca del Padre Carlos Mugica. Las imágenes me trajeron recuerdos de aquellos primeros años de la década del setenta. Y nadie que no haya vivido en aquel tiempo puede saber el estado enardecido y apasionado que se vivía en el país en esos años. Entonces recordé un par de visitas que le hice a Carlos en su departamento del Barrio Norte. Era un hombre rubicundo y si mal no recuerdo de ojos azules muy claros con una fría y permanente determinación en la mirada. Hincha de Racing (igual que yo) me miraba con algo de desconfianza debido a la sorpresiva irrupción que había hecho en su vida en aquel año.
En la segunda de aquellas visitas le solicité que oficiara la ceremonia de mi casamiento pero él se negó. Me dijo que no celebraba “bodas burguesas” de carácter fastuoso y yo le acepté la explicación. Aunque, naturalmente, mi casamiento no iba a tener nada de fastuoso. Era la sencilla y modesta gala de un muchacho y una chica que andaban en eso de cumplir los mandatos de la sociedad de aquel tiempo. Luego lo acompañé a visitar a algunos presos políticos al barco “Granadero” que estaba anclado en el Puerto de Buenos Aires.
El gobierno de Lanusse los colocaba en camarotes y allí permanecían detenidos por un tiempo indeterminado.
El barco no se hallaba en ninguna dársena. Lo habían recalado de manera precaria en el Dique 2 de lo hoy es Puerto Madero y cuando llegué pude oír (desde lejos) a los presos cantar una canción acerca de la libertad, de la película Z, que estaba muy de moda en esos años. Más tarde llegó el actor Alberto Fernández de Rosa y Mugica me saludó y se retiró junto a él. Aquella fue la última vez que lo vi con vida. Y junto a mi mujer estuvimos en su velorio un par de años después, cuando lo asesinaron.
El cura Carlos Mugica estaba muerto y yo estaba casado.
Ahora bien, debo confesarles que no estoy muy seguro que todo esto sea verdad. Los años han pasado y junto con su paso se oscurece la memoria. Y acaso mi vanidad y mi nostalgia han armado una historia imposible y falaz; no lo sé.
A veces pienso que nunca conocí a Carlos Mugica, que nunca le pedí que me case y que jamás estuve en el buque Granadero junto con él. Son juegos y articulaciones de la mente que van pasando en una serie de imágenes (como si fuera la proyección de diapositivas) donde el pasado y el presente se confunden muchas veces con eso que llamamos realidad.
Tal vez nunca conocí al Padre Mugica. Acaso nunca estuve en el Aula Magna de la Facultad de Medicina escuchando a Piero y al Cuarteto Vocal Zupay ni tampoco me bañé en Villa Gesell a medianoche en el mar. Los orbes y los símbolos se confunden junto con los recuerdos en una cronología extraña y difusa que nos hace desconfiar del tiempo que pasó. Qué quieren que les diga, tal vez nunca compré aquel Long Play de Joan Báez en la disquería de la esquina de mi casa. Acaso nunca me fumé un porro con Diego en el Parque Chacabuco.
Y lo que es peor: tal vez el Equipo de José nunca existió.


                                                                                                   ©2019

miércoles, 10 de abril de 2019

Mi canción


Nos han unido los vientos, los cielos americanos
Y las alas de un avión.

Nada tiene de real, sé que parece mentira
Pero un día sucedió.

Ella con su tierna esencia, tan valiente, tan confiada
Y tan ajena al dolor.

Con su sonrisa de niña, con sus ojos asombrados
Y con su cuerpo de sol.

Ella en la noche serena de las palabras de siempre
Y en las luces del balcón.

Ella en los vientos alisios y en la incertidumbre urbana.

Ella en el lago mayor.

Me inquieta tenerla lejos.
Soy igual que la hoja seca.

La que el viento se llevó.

Igual que  un niño inconsciente, con el temor en los ojos
Bajo la luna del sur. 

Soy como el sueño incompleto.
Tengo la estrella alejada, tengo el silencio en la voz.

No dejaré de quererla y  hasta el último minuto
Le cantaré mi canción.

Nos han unido los vientos, los cielos americanos
Y las alas de un avión.


                                                                       ©2019

viernes, 29 de marzo de 2019

Altair


Altair se encuentra en la constelación del Águila. Es su estrella más brillante, la que derrocha más luz. Es blanca (para ser más exactos blanca azulada) y está rodeada de una especie de halo especial que la denota y exalta.
Se la puede ver aquí en el hemisferio sur.
Muchas veces suelo distinguirla, sentado frente al Río de la Plata, bien de noche y mirando hacia el oriente en la costanera norte de la Ciudad de Buenos Aires. La distingo porque asciende justo en el extremo del muelle del Club de Pescadores.
Es bella a más no poder y  me gusta contemplarla allí, inalcanzable pero verdadera y auténtica. Tal vez nunca la tenga a mi lado pero también  es cierto que me pertenece a  la distancia.
Ella ahora está muy lejos de mis brazos.
Aunque no se debe hacer un extremo de este tipo de cosas.
En algún momento estuvo cerca y supe de su calor intenso.  Altair es parte de mi corazón, así que conozco bien de lo que hablo.
Durar o arder, creo que dijo Barthes alguna vez.  No hay demasiadas opciones. Determinar el futuro escapa por completo a la condición humana.  Y morir abrasado en el fuego del recuerdo suele ser a veces lo mejor  ante la sinrazón de la distancia.

                                                                                                          ©2019

lunes, 4 de marzo de 2019

Blues for Brenda



 Nada mejor que la penumbra y un bourbon en la mano para escuchar el terciopelo de la música del blues. Yo he pasado duros momentos en la vida pero el vaso de bourbon  ha sido siempre un amigo que jamás me abandonó.
No piensen que esta frase es mía, tan solo se la escuché a Sinatra una vez en un show. El hablaba de “Jack”, de su amigo “Jack Daniels”, por supuesto.  Y luego lo comentó de manera especial  cuando un mozo le llevó el vaso hasta el propio escenario para que lo bebiera antes de la última canción.
Y allí estaba yo, joven y en New York.
En fin, cuestiones especiales  del pasado que a veces, como ahora,  me pongo a recordar.
El blues en particular, es un lamento íntimo y solitario. Solo se puede escuchar blues junto a alguien que nos completa el corazón.  Alguien con quien hayamos sellado un pacto incondicional de amor. Y ese alguien era Brenda. Yo la visitaba casi todos los días en su apartamento de la zona de Queens, muy cerca del estadio de tenis Arthur Ashe. Y juntos, en el mullido sillón, nos poníamos a escuchar la música que nos gustaba, en especial el blues.
A veces me quedaba a dormir con Brenda y a la mañana siguiente viajaba en el Subway F hasta mi trabajo en Manhattan.  Tener su cuerpo desnudo en mis brazos colmaba cualquier ambición. Ella era un sueño y una realidad al mismo tiempo. Acariciarla, morderla y en lo posible enloquecerla de placer resultaban para mí, propósitos esenciales. Penetrarla y sentir su interior la dicha más absoluta. Creo que en aquel tiempo tan solo vivía para tener contacto con ella.
Es sabido que en todas las encrucijadas la gente sensible se encuentra con alguna otra que pasa por ahí. En los cruces de caminos medra y mora el amor. Porque uno nunca elije, uno se cruza un día con lo inesperado, con una sonrisa, con unos ojos luminosos y entonces el milagro se da, sin que nadie sepa bien porqué.  
De eso se trataba el blues y mis ardientes encuentros con Brenda.
Hoy el tiempo ha pasado y estoy en la soledad de casa recordando aquellos años que tan pronto se fueron.
Ha sido una dura semana y si bien no tengo Jack Daniels puedo reemplazarlo con scotch. Seguramente habré de arrojarme en mi mejor sillón para escribir o para  escuchar música en la penumbra. Y de paso pensaré en Brenda y en sus ojos castaños y en todo lo que significa para mí aunque ya no la tenga.
Acaso me salga una buena letra para un blues.


©2019