sábado, 6 de mayo de 2017

El Anunciador



            Hace ya varios años, durante una helada noche de invierno en el Bajo Flores, mi padre hizo referencia a una historia muy extraña. Durante mucho tiempo la he guardado en la memoria pero ahora estoy dispuesto a contarla. Sucedió en Buenos Aires, en el cabaret Chantecler.

Corría el año 1955 y el país se sacudía por tristes convulsiones políticas y militares. El tango había iniciado (aunque nadie lo sabía) el comienzo de su cuesta descendente en la hegemonía de los gustos musicales populares. Aquel año la orquesta de Pichuco llevó adelante una breve temporada en Chantecler.  El local de la calle Paraná 440 era reducto habitual de Juan D’Arienzo y por eso la actuación de Pichuco constituyó una novedad. Mi padre tenía por entonces 35 años y era un admirador confeso de Aníbal Troilo. Concurrió varias veces a escucharlo y hasta se le permitió permanecer detrás del palco durante el rato en que ellos no actuaban. Era amigo de uno de los violinistas principales y era también un hombre discreto que jamás ocasionaría problemas en el grupo. Lejos estaban de esa clase de gente los comportamientos violentos e histéricos de ahora. Aquel conocimiento del entorno favoreció su presencia allí y también le permitió acceder a algunas costumbres de los músicos. Junto con él permanecían, a veces, otros tres o cuatro admiradores más y hasta un quinto hombre muy serio y parco que casi no hablaba con nadie. Mi padre reparó en él varias veces. Le intrigaba la actitud imperturbable y la carencia de gestos de su rostro pálido. Ni siquiera sus ojos  resultaban vivaces y tampoco demostraba demasiado interés por el tango. Simplemente estaba allí, como una presencia latente e inexpresiva y acaso carente de propósito alguno.

            El día de la actuación de despedida la orquesta se encontraba excitada y alegre. Troilo hizo un bis de Quejas de Bandoneón y luego se retiró ovacionado. Detrás del palco el ambiente era de euforia y hasta hubo quien descorchó champagne. La intención general de los músicos, sin embargo, era otra. Pensaban ir a comer al restaurante Yapeyú de la calle Maipú, donde siempre los atendían bien y además les hacían descuentos de precio.

            En esos momentos el hombre que nunca había hablado caminó unos pocos pasos hasta el lugar donde se hallaba Troilo y cuando se acalló el murmullo le dijo en voz clara y alta:

            -Vengo a anunciarle que usted morirá de manera exacta veinte años después del día de hoy.

            La frase, que se escuchó con claridad en todo el recinto dio la impresión de ser por completo innecesaria y además impertinente. Muchos de los allí presentes se indignaron con el desconocido y hubo algunos que lo insultaron. El cantor Jorge Casal le dio varios empellones y estuvo por agredirlo pero el propio Troilo lo impidió. El hombre hizo entonces un gesto que oscilaba entre la indiferencia y el desprecio, luego levantó del piso su sombrero gris (que había caído a causa del tumulto) y al final se fue sin saludar a nadie.

            Mi padre tuvo en ese momento un impulso irrefrenable y se largó detrás del hombre para seguirlo adónde sea. No sabía muy bien cual era el motivo de ese impulso pero igual caminó varias cuadras detrás de aquel individuo.  Su persecución terminó cuando el hombre entró con rapidez a una vieja casona del barrio de Congreso.

            Todo esto me lo refirió mi padre aquella noche helada en el bajo Flores.

            La historia continuó, por supuesto, pero ahora dejaré que sea mi propio padre quien la relate.

            Estas son sus palabras:

             
            “Yo soy un hombre sencillo. No tengo grandes obsesiones ni tormentos mentales. Me jacto de ser una persona moderada y sensata. Es obvio que siento angustia y también miedo de morirme como cualquier persona pero en general soy equilibrado y de pensamiento positivo. Descreo de la magia, de los curanderos y del fenómeno OVNI. No me agrada el oscurantismo y tomo antibióticos si tengo fiebre. Así soy yo, a grandes rasgos.

            Aquel día en que ese hombre le anunció la muerte a Aníbal Troilo  tuve, sin embargo, una actitud inesperada y diferente. Algo incierto y muy difuso que todavía no puedo llegar a precisar me impulsó a seguirlo de la manera en que lo hice. Iba detrás de él obsesionado por el misterio y cuando lo vía entrar a la vieja casona de la calle Solís anoté la dirección de inmediato.

            De regreso a casa tuve que enfrentar demasiadas cuestiones.

            ¿Porqué razón aquel hombre había actuado de ese modo? ¿Qué lo llevó a decirle a Troilo en su propia cara nada menos que el día en que iba a morir’ y además ¿Porqué se arrogaba conocer lo que nadie conoce?

            Ninguno de esos interrogantes tenía respuesta.

            Entonces tomé una decisión sin precedentes en mi vida de hombre común y corriente. Me propuse seguirlo y averiguar quien era y qué hacía en realidad ese individuo tan extraño. Para eso decidí utilizar una corta licencia que tenía en el trabajo. Podía, de esa manera, llevar adelante la empresa y no contarle nada a mi mujer, ya que evaluaba lo sorpresivo de mi actitud y temía que ella pensara que me había vuelto loco.

            El primer día fue decepcionante.

            Hice casi ocho horas de guardia cerca de su domicilio pero no pude detectar movimiento alguno. Mi presencia, por suerte, pasaba inadvertida ya que podía mezclarme con facilidad entre la multitud de gente que concurría a la Caja Nacional de Ahorro Postal.

            Al día siguiente lo vi.

            Salió caminando de la casa con cierta parsimonia y eso me permitió seguirlo de cerca y no perderle pisada. Subió a un trolebús en la calle México y yo subí detrás de él. Cuando llegamos al Bajo se desocuparon los asientos y nos sentamos uno detrás del otro. Era un hombre en cierto modo enjuto y muy formal. Su traje era gris oscuro y la camisa sencilla y blanca pero sin el cuello almidonado.

            Yo aproveché la cercanía para mirarlo, todavía, con mas detenimiento. Llevaba una especie de cadena de oro con una medalla extraña que aparentaba ser una cruz inscripta en un círculo.  Eso era bastante inusual en aquel tiempo ya que solo las mujeres lo llevaban de ese modo.

            Cuando llegamos al Correo Central el hombre bajó y entró al edificio.

            Yo lo seguí lo mas cerca que pude y cuando aceleró el paso me esmeré en no perderlo de vista. Caminábamos de una manera rítmica, el adelante y yo detrás,  y tuve, de pronto, la sensación de ser arrastrado por aquel personaje. Fue entonces que los latidos de mi corazón se aceleraron. Finalmente entró a una oficina y cerró la puerta. Entonces permanecí parado debajo de la bóveda del enorme edificio sin saber bien qué hacer. Indagué luego en algunos sectores aledaños a esa puerta y así me pude enterar que aquel hombre era Jefe de una de las secciones de distribución de correspondencia. Un funcionario de escasa categoría que tenía poco personal a cargo y una mediana responsabilidad en el área de giros y telegramas.

            Su nombre era Atilio González y al parecer se le consideraba como un jefe severo y estricto.

            Estuve pensando un largo rato acerca de la manera de abordarlo pero el propio González me ahorró el trámite y envió un empleado para invitarme a pasar a la oficina.

            Me senté frente a él con singular expectativa. Nos separaba un gran escritorio de madera, como se solían usar entonces en cualquier repartición estatal. Primero ordenó café  y luego le solicitó a su secretaria que nos dejara solos.

            El diálogo que mantuvimos fue el siguiente:

            -He observado – dijo – que hace un par de días que me sigue.

            -Así es – contesté- Me llamo Santiago Hermida y ando detrás suyo.

            -¿Se puede saber porqué? – preguntó.

            -Mire, a decir verdad no estoy muy seguro. El principio deseaba hablarle de lo que ocurrió el otro día en Chantecler.

            -Ah – dijo- me lo imaginaba.

            -¿Porqué le habló usted de esa manera al gordo Troilo?

            -Bueno...-contestó- Lo que primero le diré es que esta conversación que vamos a mantener en los próximos minutos será obligadamente parcial y no demasiado extensa. Hay preguntas que no voy a poder responder. Ésta que me acaba de hacer, por ejemplo. Aunque puedo, sin embargo, revelarle una parte de lo que en general la gente supone que es la “Verdad”.

            -Le escucho. –dije.

            -Yo he sido nombrado Anunciador hace ya algunos años. Es una profesión muy poco conocida pero tan vieja como el mundo y que  en la actualidad se desempeña de manera conjunta con otras tareas.  En mi caso, por ejemplo, soy funcionario de Correos y a la vez Anunciador. Aunque no siempre fue así. Hubo épocas en que el Anunciador sólo podía ser Anunciador y Mago.

            -¿Y a usted quien lo nombró?

            -¡Por favor, amigo! – replicó – Ya le he dicho que hay cosas que no voy a poder contestarle.

            -Bueno – dije – entonces siga.

            -Todas las culturas tuvieron su Anunciador. Los judíos ya conocían el concepto desde las épocas en que vagaban nómades por Samaria. La Biblia en general está plagada de citas de profetas. Pero no hay que confundirse. La profecía está destinada a la humanidad y a los pueblos. Al Anunciador solo se dirige a los seres humanos. Los pueblos nórdicos de Europa hablaban del sunbörjk. Lo hacían mucho antes de su choque cultural con los romanos y los cristianos. También hay numerosas pruebas de su presencia en América. Los mayas en incluso los guaraníes y hasta los tehuelches tuvieron el suyo. En la Edad Media los cátaros lo reverenciaban. Y los griegos afirmaban que el Anunciador aparecía siempre en las cercanías del ágora. En fin, la lista sería interminable.

            En esos momentos Atilio González, el Anunciador, detuvo su charla y bebió un sorbo de café.

            -Supongo –dije- que si le pregunto por aquel que le encomienda el mensaje que debe anunciar tampoco va a contestarme.

            -Supone bien. –replicó.

            -¿Acaso es usted  -insistí- el que sabe lo que va a pasar y decide anunciarlo?

            -De ninguna manera – dijo -  Yo soy sólo un instrumento. Nada más que un mensajero que hace su trabajo.

            -¿Y siempre anuncia la muerte? Pregunté.

            -Siempre no. –contestó- A veces anuncio otras cosas y todas en tiempo exacto. Aunque la muerte, es verdad, es lo que más suelo anunciar.

            -¿Y eso sirve para algo?

            -No lo sé. –contestó- La utilidad del anuncio no depende de mí sino de quien lo recibe. Pero piense usted ahora lo siguiente. Si todos conociéramos el día en que vamos a morir manejaríamos nuestra vida mucho mejor de lo que lo hacemos ahora. Seríamos, tal vez, menos violentos y tomaríamos mejores decisiones. En lugar de ser esclavos podríamos ser dueños de nuestro propio destino.

            González terminó de beber su café y yo hice lo mismo con el mío.

            Durante largos segundos lo miré fijamente a los ojos pero debo aceptar que no logré ver su alma.

            -Quiere que le diga una cosa. –dije- Para mí es mejor no saber nada. Me parece más apropiado a la condición humana.

            El Anunciador esbozó en esos momentos una leve sonrisa y se levantó como dando por terminada la charla. Yo hice lo mismo y lo saludé con un apretón de manos.

            -¿Nos volveremos a ver? -pregunté.

            -Nunca se sabe –dijo – Acaso algún día me toque anunciarle algo. No lo sé.

            Después de esa frase salí otra vez al enorme salón principal del Correo Central.

            Estaba muy desorientado.

            ¿Acaso sería aquel hombre un fabulador? ¿Habría algo de verdad en sus palabras? ¿O todo aquello no era más que el delirio escapista de la vida rutinaria y opaca de una persona como él?

            Todas esas preguntas no tenían, a decir verdad, una respuesta clara. Yo me encontraba exactamente igual que antes de la charla y era evidente que González había manejado toda la entrevista a su antojo.

            Caminé luego varias cuadras sin un destino fijo porque no sabía muy bien qué hacer. Pensaba en un principio en dedicarme a olvidar todo el asunto pero también evaluaba que me iba a costar mucho desconocer lo que había pasado.

            Al llegar al Obelisco tomé, sin embargo, la súbita decisión de ir a hablar con Troilo.

            Fui hasta el Hotel Castelar y lo encontré a Pichuco en los baños turcos del hotel. Estaba vestido con una bata de toalla, rodeado de amigos y con un vaso de whisky en la mano.

            Mi decisión había sido otra vez tan repentina que al encontrarme allí comencé a dudar un poco de la determinación que había tomado. Pensaba que si contaba lo que había descubierto tal vez iban a pensar que estaba loco o desequilibrado. Entonces me alejé a un sector apartado y sentado en un sillón de cuero pensé mucho en lo que había pasado. Al final tomé la decisión de ir a saludarlo y charlar un rato con él.

            Troilo me atendió con deferencia y estuvimos juntos hablando algunos minutos apoyados en la barra del bar.

            Antes de irme le pregunté:

            -Dígame Pichuco ¿Qué pasó el otro día en Chantecler?

            ¿Cuándo? –dijo el gordo.

            -Hace unos días – insistí- al final de su actuación. Hubo un tipo que lo agredió con un mensaje o algo así...

            -Ah claro –contestó- ahora lo recuerdo. ¿Sabe lo que pasa? A un hombre conocido y famoso como yo se le acercan muchos locos. Es algo a lo que estoy acostumbrado.

            Después lo saludé y me retiré del lugar.

            Una vez en mi casa estuve charlando un rato con mi mujer pero tampoco le aclaré en demasía lo que había pasado. Entonces decidí quitar en lo posible ese episodio de mi vida y dejarlo arrinconado en un rincón de la memoria para siempre. Ya casi jamás he vuelto a hablar del asunto con nadie, excepto una vez, durante una sobremesa de invierno, cuando lo referí el asunto a mi hijo mayor.

            Eso es todo”



            Aquí termina el relato de mi padre.

            Su narración parece estar - desde todo punto de vista - estrictamente ceñida a los hechos y a las circunstancias que le tocó vivir.

            Yo deseo, sin embargo, hacer algunos comentarios adicionales.

            Mi padre me refirió esta historia unos pocos días antes de la muerte del gordo Troilo.

            Tangueros con los que hablé después negaron de manera terminante que Pichuco haya actuado alguna vez en Chantecler. Otros creen recordar alguna actuación ocasional pero no están muy seguros. Tampoco hay documentos, diarios o revistas que atestigüen a favor o en contra de alguna de las dos hipótesis.

            Si fuera cierto que Troilo nunca actuó en Chantecler entonces es probable que mi padre haya atravesado (sea del modo que fuera) las puertas a una realidad paralela a la nuestra y dónde los hechos sucedieron de la forma en que los relata.

            Estas puertas en diferentes universos estás asociadas al fenómeno del Anunciador y se supone que son ellos quienes tienen la facultad de atravesarla.

            Mi padre falleció en 1988 y el secreto (si es que lo hubo)  se lo llevó a la tumba.

            Finalmente – como es público y notorio- Aníbal Troilo murió el 18 de Mayo de 1975. Exactamente veinte años después de la incierta noche en que le fuera anunciado.


©2001

14 comentarios:

  1. Muy buen relato Néstor. Me tuvo en vilo hasta el final. Creo que combinás adecuadamente realidad con fantasía, con un límite indefinido entre ellas, lo cual hace más interesante la narración. Es una historia que me deja pensando un rato y me hace tomar mayor conciencia de mi existencia finita

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    1. Ciertamente Guille. Aunque mi propósito fue crear una historia fantástica y no un relato existencial. Fue saliendo de a partes. Gracias por tus visitas y comentarios.

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  2. Que historia fascinante Nes. Me gustó mucho la combinación del tango con lo fantástico, lo leí dos veces.

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    1. Que bueno Carla. Me alegra mucho. Un beso grande mujer serrana.

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  3. Esta historia se me ocurre muy extraña. Yo también me he sentido fascinada y algún momento me desorienté bastante pero luego disfruté de leerla. Besos. ANDREA.

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  4. Holaaaa Andrea. Que alegría verte por acá. Me alegra que hayas disfrutado de la lectura.

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  5. Llama mi atención lo proclamado por el Anunciador: “La utilidad del anuncio no depende de mí, sino de quien lo recibe.” El mensaje fue para el Troilo, pero también lo oyó tu padre; me pregunto: ¿cuál sería el aprendizaje para ambos?

    Sea lo que fuere, la historia es fantástica y encantadora, el misterio y lo paranormal son sus mejores condimentos. La narrativa plasmada con las características de un estudioso que se documenta antes de contar hechos sobrenaturales, y que para que sean creíbles, debe colocarlos junto a eventos reales de manera tal que no discuerden en sus partes, y el lector las dé por cierta. Eso fue alcanzado porque la trama se desarrolló con sapiencia bien hilada, usando para ello un fecundo vocabulario digno de un hombre de letras como lo eres tú. Genial. Te felicito, estamos frente a una pluma de alta factura. Un abrazo eterno, Néstor apreciado, admirado y respetado. Te requiero. SOFIAMA.

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    1. Que gentil y que exhaustivo tu comentario Sofy. Este relato lo escribí en 2001. Hacía poco tiempo que había "regresado" a la literatura. No es exactamente mi estilo actual pero estoy orgulloso de él. Y también de algunos otros que escribí en aquellos tiempos y que acaso en su momento publique en el blog. Te agradezco por la visita y el comentario. Yo también te requiero (mucho)

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  6. Una historia de intriga y misterio contada con una narrativa tan cotidiana que por momentos no pude distinguir ficción de realidad. Fascinante. Me recordó a Paul Auster!

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    1. Gracias Lili! Que no se pueda distinguir ficcion de realidad ha sido mi verdadera intención al escribir esta historia!

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  7. Genial Néstor, un relato fascinante para disfrutar de su lectura y, además, para reflexionar acerca del modo en que se hace buena literatura. Me impresionó gratamente la trama, inteligente, los acontecimientos narrados con cuidado para no dejar detalle suelto, para encantar con las sorpresas para que el lector no decaiga en su interés. Y el final magnífico, cuando el narrador dice que quiere hacer "algunos comentarios adicionales"; parece que corre el telón para mostrar lo que no vimos, la sorpresa final. Qué imaginación, Néstor, qué buen trabajo, qué bien contado, es para estar orgulloso, sin duda. Te mando un gran abrazo.
    Ariel

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    1. Me alegra mucho Ariel que te haya gustado el cuento, es del 2001, cuando recién comenzaba en esto de andar hilando palabras. Te mando un fuerte abrazo.

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  8. Una lectura que te atrapa de principio a final y nos deja un buen sabor para seguir leyendo. Un abrazo

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    1. Gracias María del Carmen, me pone feliz tu llegada y tu comentario. Pronto iré a por el tuyo para devolverte la visita!

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